Bad Bunny, un machetazo en el corazón de Estados Unidos
2026-02-11 - 18:10
La transformación del artista puertorriqueño Bad Bunny —“AKA” Benito Antonio Martínez Ocasio— no es simplemente el cuento recurrente del sueño americano trasladado al Caribe; sino, con seguridad, es el desmontaje de ese mismo relato. El paso de aquel muchacho que embolsaba las compras en un supermercado de Vega Baja (municipio costero al norte de Puerto Rico) a la figura del mainstream (el mercado masivo) que hoy se hace inevitable en la conversación global, expresa una ruptura telúrica en la narrativa identitaria puertorriqueña. Este Benito no es solo un suceso en ventas o un imán de reproducciones en Spotify; sino que se convertido en el narrador de un «cimarronaje» que la historiografía oficial, dictada desde los centros hegemónicos de Madrid y Washington, intenta sepultar bajo capas de docilidad y aceptación. Como él mismo señala en entrevista concedida a The Cut, su conciencia política emergió en el vacío de un sistema educativo que le inducía a glorificar a Juan Ponce de León y a festejar un «descubrimiento» que, en realidad, fue el prolegómeno de un exterminio. El Benito del Super Bowl 2026 utiliza su voz como herramienta para reclamar que los libros de texto escolares encubrieron sistemáticamente el robo ejecutado por los gobernadores estadounidenses, quienes, tras la invasión de 1898, le dieron continuidad al saqueo iniciado por la corona española. Su música parece haber dejado de ser un objeto de consumo para transformarse en una trinchera sonora donde se denuncia la pretensión de los gringos de decidir sobre el destino de una nación que se niega a ser una nota marginal en la historia de otro país. Esta deriva hacia lo que identificamos como trazas de pensamiento decolonial trasciende la mera estrategia de mercadeo, avanzando hacia una respuesta visceral a la realidad material del Borinquen que Benito no quiere abandonar. Y es así, mientras otros artistas de su talla se resguardan en las colinas de Los Ángeles o los rascacielos de Miami, él decide arraigarse en “La Isla del encanto”, prometiendo presentaciones en más de 30 conciertos en el Coliseo “José Miguel Agrelot” de Puerto Rico para jugar dominó con su abuelo por la mañana y sacudir las bases de la industria cultural por la noche. La cercanía con la calle es la que le permite capturar la urgencia de una generación que ve cómo Borinquen es ofrecida al mejor postor. Benito parece entender que su plataforma es la caja de resonancia necesaria para una nación que fue callada por 127 años de colonialismo sin interrupción. Pese a su trayectoria en un género amado y odiado a nivel global, Benito encarna —sin él mismo manejar el término— la resistencia contracultural del pueblo puertorriqueño que, ante las presiones para emigrar, usa el reguetón como arma de afirmación nacional y un sitio seguro desde donde enfrentar el olvido. El anarquismo contaminó a Bad Bunny Durante la Navidad de 2024 se produjo el punto de quiebra intelectual en el tramo más reciente de la carrera de Bad Bunny. Mientras el mundo se preparaba para las fiestas, el historiador Jorell Meléndez-Badillo, profesor en la Universidad de Wisconsin-Madison, se encontraba en Portugal intentando cumplir una promesa hecha a su terapeuta y a su compañera: alejarse por completo del trabajo. Sin embargo, al descanso terapéutico se impuso el sentido de urgencia patriótica. Al recibir el mensaje del equipo de Benito, el historiador supo que estaba ante una oportunidad sin precedentes para «filtrar» el conocimiento académico hacia los sectores que el sistema de instrucción pública abandonó deliberadamente. Sin una computadora, Meléndez-Badillo redactó a mano 74 páginas de apuntes y narrativas históricas que se convertirían en la columna vertebral visual del álbum DeBÍ TiRAR MáS FOToS. Así lo admitió el historiador en la entrevista publicada en el portal de la universidad titulada “La estrella del pop Bad Bunny necesitaba un experto en historia puertorriqueña. La Universidad de Wisconsin-Madison tenía justo lo que buscaba”. El historiador “se sumergió en el proyecto y compuso 17 canciones en una semana. Cuatro días después, los videos con su texto en español se publicaron en YouTube, acumulando millones de visualizaciones”. Esta colaboración transmedia transformó el consumo de reguetón a un acto de pedagogía insurgente. En ese Puerto Rico donde el gobierno neoliberal cerró más de 400 escuelas públicas como parte de una política de austeridad luego de la crisis de la deuda de 2015, las pantallas (visualizadores) de YouTube de Benito se transformaron en aulas virtuales. A través de una estética que recordaba deliberadamente a las láminas de PowerPoint —una licencia pedagógica que los maestros de la isla usaron de inmediato—, millones de jóvenes se enfrentaron por primera vez a los nombres de sus verdaderos héroes y mártires. Figuras como Luisa Capetillo, la anarquista que desafió las convenciones de género y clase; Pedro Albizu Campos, el líder nacionalista que encarnó la lucha por la soberanía; y Juana Colón, la líder obrera que combatió en los cañaverales, dejaron de ser sombras en archivos olvidados para cobrar vida entre bajos y rimas. El historiador y el artista lograron que temas como el Grito de Lares, la Masacre de Ponce y la represión bajo la Ley Mordaza fueran digeridos por una audiencia global, demostrando que la historia de Puerto Rico no es un relato de pasividad, sino una crónica ininterrumpida de insurrecciones. Jorel Meléndez-Badillo dista mucho de ser un académico apegado a la historiografía dominante. Su producción intelectual lo acerca al rescate de los relatos insurgentes subalternizados por la academia. En 2015 había publicado “Voces libertarias: Orígenes del anarquismo en Puerto Rico” un texto que documenta las expresiones anarquistas dentro del movimiento obrero puertorriqueño, explorando la producción periodística, cultural y organizativa de estos grupos durante sus años formativos. En 2022 publicó La barriada letrada: trabajadores, poder archivístico y la política del conocimiento en Puerto Rico, un libro donde presenta la historia de la producción subalterna de conocimiento obrero en Puerto Rico, desde los inicios del colonialismo estadounidense hasta mediados del siglo XX. Pero la investigación que lo acerca a Bad Bunny es Puerto Rico: Una historia nacional (2024) donde Meléndez-Badillo explora las culturas precolombinas, la insurrección indígena de 1511 y el proceso histórico hasta la Mancomunidad de 1952, mostrando la relación entre Puerto Rico y Estados Unidos. El Verano del 19 y la caída de las máscaras Para comprender al Bad Bunny actual, es determinante situarnos en las noches de calor de julio de 2019, el evento conocido como El Verano del 19. Aquel estallido social no fue solo una protesta política, fue un exorcismo colectivo. La filtración de las 889 páginas de un chat de Telegram donde el gobernador Ricardo Rosselló y sus allegados —incluyendo a Christian Sobrino, quien profería insultos homofóbicos contra Ricky Martin— se burlaban de las víctimas del huracán María y de la precariedad del pueblo, rompió la contención de la paciencia. Benito detuvo su gira por Europa para sumarse a las manifestaciones en el Viejo San Juan junto a figuras como Residente (René Pérez) y Ñengo Flow. Esas marchas multitudinarias, que llegaron a convocar a más de un millón de personas en el Expreso Las Américas, fueron el activador definitivo de su politización. Ese evento marcó el fin de la «docilidad» puertorriqueña. El pueblo boricua no solo pedía la renuncia de un gobernante corrupto, sino que hacía el reclamo a un sistema de corrupción y despojo de fondos públicos que el Centro de Periodismo Investigativo (CPI) documentó al detalle. La salida de Rosselló, el primer gobernador en la historia de la isla en renunciar, evidenció que la movilización popular, estimulada por los ritmos urbanos —reguetón mediante— podía derrumbar estructuras de poder que se creían sólidas. Benito parece haber comprendido que su música no podía alienarse al punto de encubrir la rabia de los puertorriqueños que perdieron a familiares y seres queridos por la inacción gubernamental después del huracán María, mientras los funcionarios de alto nivel se repartían contratos de asesoría. Desde ese momento, su carrera se convierte en una denuncia abierta, transformando el perreo en un acto de insurrección y el “reventón” en una forma de reclamar el derecho a existir en su propia tierra. Del apagón al aburguesamiento La crisis sistémica en Puerto Rico encuentra en la música de Benito un mapa preciso del despojo. En el cortometraje «El Apagón – Aquí Vive Gente», el artista denunció la precariedad de una infraestructura eléctrica que, luego de la privatización y entregada a LUMA Energy, condenó a la población a apagones constantes y facturas impagables que solo benefician a inversionistas extranjeros. El desplazamiento no es mera estadística, es la realidad de barrios como Puerta de Tierra y Río Piedras, donde residentes de toda la vida son desalojados por aumentos abusivos de alquiler impulsados por la proliferación de AirBnb. La Ley 2022-60, que ofrece paraísos fiscales a millonarios estadounidenses mientras los boricuas emigran en masa, es descrita en la obra de Benito como un «desarrollo excluyente» que busca convertir a la isla en un enclave de lujo sin puertorriqueños, similar a lo que se pretende hacer con Gaza. El simbolismo alcanza su punto más álgido en la analogía de la canción «Lo que le pasó a Hawai». Benito advierte que Puerto Rico corre el riesgo de repetir la historia del pueblo hawaiano, convertido en minoría en su propia tierra por la ocupación anglosajona. El uso del sapo concho en su propuesta visual no es azaroso; este anfibio endémico de Puerto Rico está en peligro de extinción debido a la introducción de especies invasoras traídas por los colonos para proteger los intereses de la industria azucarera. Es una metáfora ecológica de la colonización: lo propio muere ante lo impuesto. En el cortometraje protagonizado por el galardonado cineasta Jacobo Morales, se retrata un futuro distópico donde los boricuas son extranjeros en su propio archipiélago. Frente a este paisaje, el grito de «esta es mi playa, esta es mi tierra» trasciende la mera letra de reguetón para transformarse en el reclamo de soberanía nacional y el rechazo frontal a los quieren «quitarme el río y también la playa». Entre la barriada y la industria global El análisis sociológico de la música de Bad Bunny revela una tensión dialéctica entre la vanguardia del gueto y la domesticación del mainstream. Como bien expone el análisis de la estética «nea» de Medellín, el reguetón sufre procesos de «saneamiento» o blanqueamiento para ser digerible por las élites globales. Sin embargo, Benito navega esta triada entre la Retaguardia (lo clásico de la salsa y el bolero), la Vanguardia (la experimentación del gueto) y el mainstream con habilidad. A diferencia de otros artistas que «posan en la calle» desde el privilegio, Benito intenta mantener la «bellaquería» —definida como un estado de intenso deseo y desobediencia— como un acto de resistencia. En esta dinámica transnacional, Medellín juega un papel estratégico, “pasteurizando” el sonido caribeño para hacerlo comercialmente viable con el «chucu-chucu» o el «vallenato llorón», pero Bad Bunny retoma la crudeza original del underground para inyectar realismo social en la industria. Esta batalla por el control simbólico se libra también en el lenguaje. El «parlache» colombiano (términos como nea, mor, parce, chimba) y la jerga boricua se convierten en divisas culturales que la industria intenta mercantilizar. Benito, sin embargo, utiliza términos como el «perreo» o el «fronteo» no como meras poses estéticas, sino como expresiones de una sensibilidad joven que prioriza el presente inmanente frente a los proyectos de vida a largo plazo que el sistema colonial hace imposibles para la juventud puertorriqueña. Al incorporar ritmos de bomba y plena —expresiones de resistencia de las comunidades afrodescendientes—, Bad Bunny reafirma que el reguetón no es solo un producto de consumo, sino una herramienta de visibilización de identidades marginadas que se niegan a ser «pasteurizadas» por el mercado global. Ese azul de la bandera El clímax de esta narrativa de resistencia se produjo en el escenario del Super Bowl 2026. Ante la audiencia más grande del planeta, Benito no solo ofreció el primer espectáculo de medio tiempo íntegramente en español, sino que levantó una bandera de Puerto Rico en tono azul celeste, azul lavado. Este gesto no fue una elección cromática caprichosa, sino una declaración de guerra simbólica. El azul celeste remite al diseño original de 1895, creado por exiliados en Nueva York vinculados a la lucha independentista, en contraste con el azul marino oficializado en 1952 para hacer parecer el pabellón a la bandera de Estados Unidos. Al portar el celeste, Bad Bunny estaba invocando la soberanía nacional y la memoria de quienes se enfrentaron a la americanización forzada. La reacción no se hizo esperar. Donald Trump calificó el espectáculo de «repugnante», evidenciando la fisura política que el artista generó en el corazón del imperio. Mientras el poder hegemónico se indignaba, figuras como el veterano periodista John Sutcliffe de ESPN, lloraba reconociendo la dignidad de un pueblo que se niega a ser llamado «isla de basura». La bandera celeste agitándose en el Super Bowl fue la culminación de un mensaje soberano: Puerto Rico no es un territorio, es una nación. Benito utilizó el epicentro del entretenimiento estadounidense para reafirmar que la puertorriqueñidad es una identidad innegociable que no necesita permiso para existir ni perdón por su indocilidad. El otro Benito y el futuro de Borinquen La verdadera obra de Benito Martínez Ocasio trasciende las listas de éxitos y los premios Grammy; su verdadera impronta es haber transformado el género marginal (stricto sensu), del reguetón en un archivo vivo de la resistencia puertorriqueña. Al rescatar la figura de intelectuales como Eugenio María de Hostos —aquel «ciudadano de América» que dedicó su vida a la separación de Puerto Rico de los Estados Unidos—, Bad Bunny conecta la lucha del siglo XIX con la crisis del siglo XXI. Como lo dice Jorell Meléndez-Badillo, Benito logra que el conocimiento producido en la academia se filtre hacia los barrios obreros y los caseríos, dando poder a una generación que ha sido sistemáticamente despojada de su historia. La puertorriqueñidad, desde la mirada de Benito, no es un concepto dócil ni inmóvil, sino un proceso de lucha constante por la supervivencia cultural. En la intersección de la música urbana y la militancia decolonial, la Isla encuentra un himno potente que rechaza el desplazamiento y promueve el arraigo. El futuro de Borinquen sigue siendo incierto, marcado por el colonialismo y la incertidumbre fiscal, pero hoy el pueblo baila con la conciencia de que su historia es un acto de resistencia. Bad Bunny demuestra que el ritmo del barrio puede ser el motor de una nueva «contrarrepública de las letras», donde la soberanía no es solo un sueño político, sino una realidad que se canta, se baila y se defiende en cada rincón del mundo.