Ciencia para que el petróleo tenga futuro
2026-02-06 - 12:50
Cómo la ciencia, la ingeniería y la innovación definen hoy el futuro de los hidrocarburos en Venezuela. Hasta ahora, la reforma de la Ley Orgánica de Hidrocarburos se ha analizado con frecuencia desde la perspectiva fiscal y de su potencial para atraer la inversión al sector. En realidad, existe una dimensión menos visible y, quizá, más decisiva que es la oportunidad que se le presenta al Sistema Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (Sncti) para integrarse de manera inteligente en el corazón productivo del país. Más que un actor ornamental o receptor pasivo de recursos, es un componente funcional contemporáneo e indispensable del desempeño industrial y de la soberanía tecnológica. La industria de los hidrocarburos ya no se sostiene exclusivamente sobre la geología clásica o las ingenierías mecánica e hidráulica. Su competitividad depende cada vez más de un excepcional tamiz de ciencias que deben priorizarse con un enfoque estratégico. Las Ciencias de la Tierra siguen siendo esenciales, pero ahora dialogan con la modelización matemática avanzada, la ciencia de los datos, la inteligencia artificial aplicada a la exploración y al recobro mejorado, así como con la ingeniería de materiales orientada a entornos extremos plenamente conocido en los laboratorios venezolanos. A ello se suman la química computacional, la ingeniería de procesos y las ciencias ambientales, indispensables para optimizar los procesos de refinación y reducción de emisiones y para garantizar la preservación del ambiente que el propio texto jurídico demanda. Ahora bien, priorizar estas áreas es insuficiente. El verdadero desafío consiste en saber capturar las nuevas tecnologías y hacerlas propias. Durante décadas, el país ha confiado en la importación de soluciones empaquetadas, con una escasa transferencia de tecnologías subyacente, desde la más indispensable perspectiva jurídica e institucional. No solo se trata de la apropiación de conocimientos que ocurre de manera espontánea a lo largo de los años, sino también de la comprensión de lo que se necesita para apropiarse por la vía demostrada como eficiente. El nuevo contexto, marcado por la llegada de empresas con niveles tecnológicos avanzados y por un Estado que regulará más de lo que operará, exige una transición diferente. Se necesitan mecanismos ágiles de transferencia tecnológica a cargo de expertos, consorcios de investigación aplicada, laboratorios conjuntos y programas de formación avanzada vinculados a problemas reales de la industria. Deberemos adaptar los modelos externos a nuestras condiciones geológicas, ambientales y humanas, no copiarlos. Este tránsito exige, además, una actitud diferente por parte del Sncti, con menos dispersión, más enfoque y más resultados medibles, para un árbol que se siembre desde una ley de amplio provecho y que podrá dar dulces frutos a través del acompañamiento nacional del personal dedicado a las actividades de investigación y desarrollo. Cuando la ciencia se integra en el proceso productivo, ganan tanto la industria, que reduce riesgos y costos, como el sistema nacional de innovación, que fortalece capacidades, forma talento pertinente y consolida la soberanía sobre el desarrollo tecnológico local. Ese es el punto de encuentro en el que el entusiasmo deja de ser meramente voluntarista para convertirse en optimismo racional. En pocas palabras, la oportunidad está servida. El sector de los hidrocarburos puede transformarse en un catalizador del desarrollo científico y tecnológico gracias al escenario local (esperemos que el internacional, viciado por la ofensiva aún presente de las medidas coercitivas unilaterales lo permita). No solo por decreto, sino por una articulación estratégica. Si el país logra alinear prioridades científicas, mecanismos modernos de innovación y una visión clara a largo plazo, la transición energética y fiscal será, sobre todo, una transición hacia un modelo en que el conocimiento generado en el país sea el activo estratégico de la nación. @betancourt_phd