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Ciencia y tecnología para la tríada de «negocios» del futuro

2026-02-13 - 12:21

Hace apenas unos meses, durante la visita de Donald Trump al Reino Unido, ambos países firmaron un memorando de entendimiento en el que se menciona la cooperación en inteligencia artificial (IA), tecnologías cuánticas y energía nuclear. Lo bautizaron como el «Acuerdo de Prosperidad Tecnológica» y, una vez que se ponga en marcha este corredor político, el vasto capital corporativo lo seguirá; las normas y los estándares se consolidarán, y el poder de negociación pasará a manos de quienes formen parte de este «negocio» y de la amplia tecnología computacional que detalla. Cabe señalar que a esa reunión asistieron, entre otros, Apple, NVIDIA, Microsoft, Alphabet/Google, Intel, Arm, BlackRock, Citigroup, Blackstone, Barclays, Lockheed Martin, Palantir, OpenAI, Arm, Barclays, Blackstone, BlackRock, Citigroup y Lockheed Martin. La primera consecuencia es que la tecnología avanzada, de la que se habla sin cesar en el último lustro, se está redefiniendo como infraestructura. Por tanto, la IA ya no se limita al software, sino que también abarca chips, centros de datos, fibra, agua para la refrigeración y, sobre todo, fuentes de energía seguras. Según la Agencia Internacional de la Energía, en 2024 los centros de datos consumieron alrededor de 415 TWh (el equivalente a 69 veces el consumo anual de Caracas o alrededor del 1,5 % de la electricidad mundial) y han crecido mucho más rápido que la demanda. En consecuencia, la política energética se convierte en política de IA. En este contexto, el acuerdo privilegia la energía nuclear como complemento indispensable para el crecimiento de los centros de datos y la estabilidad de la red. En segundo lugar, el gasto no solo se limita a financiar proyectos, sino que también determina qué se considera viable. Cuando los bancos y los fondos de inversión (BlackRock y Citigroup, entre otros presentes en el encuentro) valoran el riesgo de las mejoras en la red eléctrica, los campus de centros de datos y los nuevos reactores, también deciden qué jurisdicciones resultan predecibles, asegurables y auditables. Por lo tanto, la estrategia industrial pasa cada vez más por las juntas directivas, las cláusulas de los seguros y los regímenes de divulgación, y no solo por los ministerios de los gobiernos. Para Venezuela, que posee aproximadamente 303 mil millones de barriles de reservas probadas de petróleo, esto es mucho más que un simple veredicto en contra de los hidrocarburos. Más bien, lo que hace es agudizar una elección. Si la demanda de electricidad computacional aumenta más rápido que el (aún inexistente) suministro de bajas emisiones de carbono, el petróleo y el gas pueden persistir como «combustibles del sistema» a través de efectos de sustitución y ciclos de precios. En cualquier caso, la demanda se desplazará hacia barriles que puedan medirse (huella de carbono del ciclo de vida, consumo energético por barril, calidad del crudo), que tengan una baja huella ambiental; que sean cibernéticamente seguros (segmentación de redes, supervisión y mantenimiento predictivo) y auditablemente transparentes. Por lo tanto, la industria de los hidrocarburos es el futuro energético de Venezuela y del mundo, y depende tanto de la capacidad de las actividades de investigación y desarrollo (I+D) locales como de la geología global. Disciplinas como la mejora del petróleo pesado, la reducción del metano, la modelización de yacimientos, el mantenimiento predictivo y la optimización de refinerías requieren actualmente un uso intensivo de la ciencia de datos. Paralelamente, el desarrollo de competencias nacionales en electrónica de potencia, redundancia digital de redes eléctricas, materiales avanzados y regulación relacionada con la energía nuclear permitiría al país emprender este camino en términos de soberanía. De lo contrario, se corre el riesgo de exportar moléculas e importar la inteligencia que exigirá la siguiente generación de valor. La idea es reservar una cuota sostenible de la producción para crecer invirtiéndola en I+D. En resumen, el acuerdo firmado reclama nuestra fiel atención porque el negocio de las nuevas tecnologías ya mencionadas se fusiona con la energía y el capital. Venezuela puede seguir siendo un país que venda petróleo y algunos agregados, o puede convertir sus reservas en una plataforma para financiar el conocimiento a través de I+D, las normas y el aprendizaje industrial, y así ser indispensable en la tríada de «negocios» del futuro.

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