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Condena de la memoria (1)

2026-02-11 - 12:59

La locución latina damnatio memoriae (condena de la memoria) describe una práctica de la Antigua Roma para eliminar el recuerdo de enemigos del Estado tras su muerte. El Senado decretaba la destrucción de sus imágenes, monumentos, el raspado de sus nombres en inscripciones y la prohibición de mencionarlos. Era un castigo severo, pues la inmortalidad romana dependía de la gloria eterna. Esta práctica afectó a numerosos emperadores. En todo caso, su efectividad era cuestionable; resultaba difícil borrar a personajes históricos relevantes, y el acto de destrucción a menudo mantenía vivo el recuerdo del castigado como advertencia pública. Sin embargo, esta técnica de “borrado” no era exclusiva de los romanos. Se registran casos como los del Antiguo Egipto con los faraones Akenatón y Hatshepsut, quienes sufrieron la eliminación de sus nombres y monumentos por motivos religiosos o dinásticos. En el siglo IX, el papa Esteban VI sometió al papa Formoso al Concilio Cadavérico, invalidando sus actos y arrojando su cuerpo al Tíber. Más cercano, el estalinismo en la antigua Urss retocó fotografías y eliminó registros de figuras como Trotski. En Argentina, tras 1955, se prohibió mencionar a Juan Perón. Pero no solo los contenidos sufrían mutilaciones, ocultamientos o versiones ajustadas al vencedor de turno. También los testimonios culturales, como hemos visto. En este contexto, el patrimonio cultural edificado es deformado —y en muchos casos, desdibujado—. Los edificios sufren trasformaciones necesarias por el transcurso de épocas: en ocasiones para ajustarlo a servicios modernos, ampliarlos para resguardarlos y cuidar lo antiguo, en la que convergen en una línea de tiempo su evolución. Empero, existen protocolos para abordar restauraciones y puesta en valor de esos edificios y conservar el núcleo esencial de su forma y estilo. Caso similar sucede con esculturas públicas que representan personajes que ayer eran ensalzados, pero hoy son discutidos. Aun así, son testigos de su tiempo, por lo que requieren ser contextualizados, pero no destruidos. En el próximo artículo abordaremos algunas alternativas para conciliar cultura, historia y memoria, para que, como en el mundo distópico —y quizás no tanto — dibujado por George Orwell en 1984, no queden “vaporizados”.

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