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Contra la bestia

2026-02-07 - 12:30

Si consideramos que ser poeta es ser indiferente a la realidad histórica que se vive, debemos releer a Rubén Darío, el bien llamado Príncipe de las letras castellanas -de quien conmemoramos, este 6 de febrero, 110 años de su pase a la inmortalidad- para darnos cuenta de que no es así. Su biografía, enmarcada a finales del siglo XIX y a comienzos del XX, es más que emblemática: aun cuando se autodefinía como un lírico nada coloquial, con su subversión de formas esteticistas tradicionales nunca dejaría de denunciar los desmanes del hegemón septentrional. En este sentido, abundan ejemplos. En su texto periodístico titulado «Por el lado del Norte», de El Heraldo de Costa Rica y fechado 15 de marzo de 1892, sería directo: “Por el lado del Norte está el peligro. Por el lado del Norte es por donde anida el águila hostil. Desconfiemos, hermanos de América, desconfiemos de esos hombres de ojos azules que no nos hablan sino cuando tienen la trampa puesta. El país monstruoso y babilónico no nos quiere bien...”. Las turbias intenciones de Estados Unidos de hacerse con Cuba e imponer un ignominioso tutelaje, la grosera intervención en Panamá para apoderarse de su canal interoceánico con un proceder vulgar y pragmático, encontrarían en el centroamericano inmortal una voz firme contra las acometidas violatorios de las independencias de nuestros pueblos. En su ensayo «El triunfo de Calibán» (1898) afirmaría: “No, no puedo, no quiero estar de parte de esos búfalos de dientes de plata. Son enemigos míos, son aborrecedores de la sangre latina, son los Bárbaros. Así se estremece hoy todo noble corazón, así protesta hoy todo noble corazón, así protesta hoy todo digno hombre que algo conserve de la leche de la loba”; para más adelante aseverar: “Pero hay quienes digan: ‘¿no ven ustedes que son los más fuertes? ¿No sabe usted que por ley fatal hemos de perecer tragados o aplastados por el coloso?’... no voy a poner la cabeza sobre la piedra para que me aplaste el cráneo la gran Bestia.” Si bien en «A Roosevelt» (1905), su poema más afamado, ponderaba el legado hispánico resaltando su pliegue ontológico positivamente, con un recurso dicotómico, caracterizaba a la potencia norteña, entonces, como “futuro invasor”, moderno y primitivo, enemigo que debía ser neutralizado por la unión nuestroamericana, fortaleciendo nuestros tejidos culturales y espirituales ante el vasallaje anglosajón. Igualmente, en «Los cisnes» (1905) hacía uso de su espíritu crítico ante el “gigante de la siete leguas”: “¿Seremos entregados a los bárbaros fieros?/ ¿Tantos millones de hombres hablaremos inglés?/ ¿Ya no hay nobles hidalgos ni bravos caballeros?/ ¿Callaremos ahora para llorar después? ... ¡Oh tierras de sol y de armonía, aún guarda la Esperanza la caja de Pandora!”. Acertadas serían las palabras del vate mexicano Carlos Pellicer sobre su homólogo nicaragüense, quien a su decir fue galante de “un nacionalismo superior en toda América y también un continentalismo que antes no había tenido”. Así, Rubén Darío no se ampararía en expresiones mitológicas, eróticas, exóticas, cosmopolitas y diletantes, sino que afrontaría, desde su sensibilidad y estilo, el peligro que se cernía sobre nuestra región. Aun cuando matizaría su visión sobre la actuación del yanqui expansionista, moriría abogando por la defensa de la soberanía y la autodeterminación de nuestros pueblos.

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