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Cuba: objeto del deseo

2026-03-26 - 12:16

Cuba nunca fue para Washington una nación soberana, sino una obsesión de posesión; el “oscuro objeto del deseo”. La agresión actual no es solo una respuesta a un sistema político, sino la continuación de una ambición territorial de tres siglos. Esta nació con el expansionismo anglosajón del Western Design de Oliver Cromwell en 1655. La historia omite que en 1762, durante la toma británica de La Habana, 4.000 colonos de las Trece Colonias combatieron para abrir las rutas del azúcar que alimentaban a Nueva Inglaterra. Cuba ya funcionaba como un apéndice económico antes de que Estados Unidos fuese república. Benjamin Franklin en 1767 y Thomas Jefferson en 1805 trazaron la hoja de ruta: la isla era una “conquista fácil”, necesaria para “redondear” el poder de la Unión. En 1823, John Q Adams despojó a Cuba de todo albedrío con su teoría de la fruta madura: caería por “gravitación política” una vez desprendida de España. Esta visión redujo la soberanía cubana a un estado transitorio bajo vigilancia permanente. El Manifiesto de Ostende de 1854 llegó al extremo de justificar, por “leyes divinas”, arrebatar la isla por la fuerza si Madrid no la vendía. Tras la “pacificación forzada” de 1898 y el grillete de la Enmienda Platt, el deseo de posesión mutó en ciencia del exterminio. En abril de 1960, el memorando de Lester Mallory codificó la perversidad: al reconocer que el pueblo apoyaba la Revolución, ordenó provocar “hambre y desesperación”. Esta tecnología del sufrimiento la perfeccionó Kennedy en 1962, quien tuvo la bajeza de acaparar 1.200 tabacos para su reserva personal apenas minutos antes de firmar el bloqueo total que hoy sigue condenando a millones a una carencia genocida. Trump tensa esa misma soga criminal. Declarar a Cuba “amenaza” es el pretexto para un cerco energético, que en este 2026 priva a 32.880 embarazadas de ecografías y mantiene a 16.000 pacientes oncológicos en una espera agónica. Las ambulancias paralizadas no son fallas administrativas, sino el éxito del plan de Mallory ejecutado por una nación-corporación que mide su hegemonía en muertes evitables. Desde Jefferson hasta el presente, la meta ha sido la anulación de la voluntad cubana. Ante esta maquinaria de despojo que pretende tratar a un pueblo como mercancía, emerge la entereza de una isla que se niega a ser la “fruta madura” de nadie y resiste con la dignidad de quien se sabe dueño de su propia luz.

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