Distopía trumpista
2026-02-21 - 13:37
Pareciera que anduviera de la mano del demonio. O es que patotearnos con esto de la flota atómica mejor forjada del mundo es mamadera de gallo. Derecho a soñar otro mundo posible y diferente a éste de la modernidad tardía encerrado en un mall, con muchas vitrinas y espejismos fashion. Lo que hizo Gadafi en Libia es anormal: convertir un desierto en tierra fértil con los recursos de su petróleo y entonces lograra el bienestar social de su población; además, en un dique que provee de agua a los libios, sin mercantilización posible, solo para disfrute y deleite en esta Tierra prometida de todos. En Cuba y Venezuela las utopías que conocíamos, empezando por la de Tomás Moro, sostenían un Estado mundo Pachamama/civilitud. Lo que se acercaba a lo apocalíptico desde el Renacimiento —en aquel mundo, en tiempos de la Venezia cuna del Mercader Shilock, el usurero, según Shakespeare— y en los Países Bajos, Erasmo de Rotterdam en Elogio de la locura, previeron un retrato de lo que en el espectáculo de la TV, anterior a nuestros días digitales, era la sociedad de fetiches, consumismo e identidad cognitiva, como ocurre hoy en los algoritmos de las redes y sus preciosos bots. Las mises aparecen: Miss Lujuria y un Dios Sueño Dormilón. Decadentes y en el umbral del archivo Epstein, la idea narcisista contenida en el American Dream, violencia de la interpretación. Hasta bombardeados por misiles teledirigidos nos ofrecen las benevolencias con precios y todo. Hicieron bien, dicen aquellos que se quedan en el mito de la psique y el amor, convertidos en estatua de sal al voltearse y mirar lo sucedido. Lo llaman también síndrome de Estocolmo. Malthus y sus neos siguen presentes; son los autores illuminati del relato, hecho vivencial en Gaza. Repiten el guion, método o diseño estratégico habido a lo largo de los siglos, al calco del Éxodo bíblico. En la II Guerra Mundial, Hitler, en plena República de Weimar, apareció con su distopía del Nuevo Orden Mundial. Al fin, como toda guerra de exterminio, se inició lo distópico por los Sudetes, en Checoslovaquia; continuó por Hungría y Polonia, hasta la URSS. Entonces el sionismo israelí se inventó Pearl Harbor y terminaron metidos desde lejos los gringos. La cosa terminó con Hiroshima y Nagasaki, los campos de exterminio y el juicio de Nuremberg. Las tecnologías más avanzadas de la (ir)realidad nos narran la hecatombe desde la premisa malthusiana: crece más la población mundial que los recursos. Desde entonces, alrededor de 40 millones de almas irredentas tejen una alfombra mágica que viaja en la estratósfera, incitándonos a crear nuestra utopía del Estado mundo comunal ante la distópica visión del monstruo de los pantanos anaranjados.