Dos locales y un solo campeón: el día en que el “Gloria al Bravo Pueblo” conquistó Miami
2026-03-22 - 20:35
¿Dos locales? Suena imposible, pero es la realidad de Miami. El primer local es Estados Unidos, por razones obvias, y Venezuela, por otras razones obvias. Obvias para nosotros porque muchos estadounidenses no tienen ni idea de que en Miami vive una comunidad venezolana de aproximadamente 250 mil personas. Eso lo aprenderán luego. La tarde del martes, 17 de marzo, estaba trabajando como cualquier otro venezolano. Solo por curiosidad tenía abiertas las páginas de reventa de boletos para ver si conseguía capturar un par a buen precio. El de la última fila de la última sección estaba en $350 o más. Me picaban las manos. Quería comprarlos. Era la típica imagen del diablito y el ángel hablándome en una y otra oreja. “Cómo vas a ir, tú eres loca, es muy caro, tienes otros gastos”; “hazlo, la vida es hoy, para eso trabajas, vamos a ganar”. Lancé la moneda al aire tres veces. Escogí sello y salió tres veces cara. “Ok, lo del destino no funcionó. Voy a ver qué me dice mi mamá”. —Hola, mamá, bendición. —Hola, hija. Dios te bendiga. ¿Cómo estás? —Mamá, sabes que la final de beisbol es hoy, ¿no? —Sí, sí. —Y tengo demasiadas ganas de ir. —¡Ve! —Mamá, lo que pasa es que es un poco caro. —Hija, eso es historia. No te lo puedes perder. Es tu país. Estamos en la final. —Mamá, ¿tú dices? —Ve, hija, ve. No te la pierdas. Es tu país. Es historia. “Si mi mamá me dijo que sí y ella es una adulta con más experiencia, por qué yo me voy a echar para atrás”. Enseguida miré con mayor detenimiento el mapa del estadio. Busqué unos buenos asientos y le di a comprar. Llamé a mi esposo para decirle que después del trabajo se fuera directo al estadio, que nos veíamos allá, que no importa, que después vemos cómo las pagamos, que esto es historia, que mi mamá me obligó a ir. En ese interín, las entradas subieron 15 dólares más. “¡No puede ser! Tengo que comprarlas ya ya ya ya”. Le di que sí, que las quería, que las pagaba por partes, que mete el código que me mandaron al correo, que le dé aceptar, que se está procesando la venta, que listo, que las tienes en tu teléfono. Terminé de trabajar a las 5:00 pm, almorcé, me bañé, cogí un Uber y pal estadio. Estaba entre emocionada y muy ansiosa (¿o nerviosa? ¿o es lo mismo?). “No sé si vamos a ganar. ¿Te imaginas que perdamos? No importa. Estamos en la final”. Le dije al Uber que por favor me dejara en un bar cerca del estadio. Allí me encontraría con mi esposo. Cuando llegué, el bar estaba repleto de aficionados estadounidenses. No se veían de por aquí, de Miami; eran como más del norte. Tenían la actitud del que sabe que juega bien y que este evento es una noche más de afición al Team USA. No vi a muchos venezolanos. “Dios mío, ¿será que ese estadio está lleno de estadounidenses?”. Da miedo pensar que la barra de tu equipo son cuatro pelagatos. Sin embargo, ese miedo se fue disipando a la cuadra, cuando empecé a identificar a los venezolanos subiendo hacia el estadio. El amarillo, azul y rojo resaltan donde sea. Los veía contentos, seguros. Ganar se sentía como un hecho más que una posibilidad. “El otro equipo es bueno, pero nosotros también”. Foto: Keyla Brando El nudo en el estómago era más intenso con cada minuto. Subí la rampa hasta el segundo piso del estadio, ubiqué mi sección y me senté rápidamente. No quería perderme el himno. En la fila de adelante había una familia estadounidense, en la de atrás también, pero mi fila era solo de venezolanos. Y estoy segura de que a todos les pasó como a mí, que compraron los boletos a última hora porque, cuando yo lo hice, vi que todos los asientos de mi fila estaban disponibles. Quizá ellos también llamaron a su mamá y metieron un tarjetazo. A las ocho y algo, empezó la ceremonia de apertura. Nos dieron un brazalete de luces led y el estadio pasó a ser una constelación de banderas. La bandera de Venezuela apareció gigante ondeando en el campo. Salieron los dos equipos en fila. Los jugadores venezolanos volteaban hacia los lados, elevando los brazos para que hiciéramos bulla. Cuando los de allá terminaban de gritar “Venezuela”, nosotros apenas empezábamos. Bien alto. Era un bochinche. Los estadounidenses se empezaron a dar cuenta de que este juego no era como los de las Grandes Ligas. No era solo un equipo de beisbol; jugaba todo en país. Ellos gritaban USA (iu-es-sei), pero no era ensordecedor. En cambio, Venezuela, no sé si es porque es una palabra más larga, porque tiene un ritmo de enunciación más rítmico o porque éramos más en el estadio, no dejaba de retumbar. Foto: Keyla Brando Llegó el momento de los himnos nacionales. Todo el mundo se paró y se quitó las gorras. Los venezolanos cantamos cada palabra del “Gloria al bravo pueblo”. A diferencia del himno de Estados Unidos, que pocos estadounidenses cantaron. “¿Esta gente no pasó 11 años de educación primaria y secundaria cantando el himno de su país a las 7:00 am? Parece que no”. Con solo ese detalle, el juego se configuró diferente: Venezuela vino a ganar. Empezó el primer inning y bateó Venezuela. Cada jugada se celebraba con intensidad. Cada strike out terminaba en aplausos, en ánimos. Nadie se molestaba con los jugadores. “¡Vamos, vieja, no pasa nada! ¡Vamos!”, rezaba el muchacho que tenía a mi lado. Luego fue el turno de los Estados Unidos: primer strike, segundo strike y ponche. El poder del ponche Ponche no tiene ningún significado en inglés, no hay nada que se le parezca en su vocabulario. Los estadounidenses no entendían por qué todos los venezolanos nos levantábamos al segundo strike para gritar “poooonche, poooooonche, poooooonche”, expresión que acompañábamos con un movimiento del brazo y la gorra. Como si todos fuéramos réferis. Allí empezó la diversión del juego. Si algo hizo Venezuela perfecto fue ponchar a los estadounidenses a la velocidad de la luz. Los strikes eran tan rápidos que, si te parabas a comprar algo y volvías a tu asiento, ya iban por el segundo out. No terminaban de decir USA (iu-es-sei), cuando todo el estadio estaba gritando: “Poooonche, poooooonche, poooooonche”. Esa “o” se estiraba hasta que el aliento no diera más, pero se recuperaba al instante y estábamos listos para el segundo poooooonche, y para el tercero, y para el cuarto, y para todos los que eran necesarios hasta que el jugador regresara a su dogout. Para el tercer inning, el padre de la familia que tenía en frente, después de haber escuchado ponche por lo menos 15 veces en menos de 30 minutos, se volteó y me preguntó con una sonrisa: —What do you say every time there’s a strike-out? —Ponche. —Ponche? What does that mean? —We are cheering the pitcher to strike out the player. —Oh, thanks. Los estadounidenses desarrollaron un cuadro de estrés postraumático gracias a la palabra ponche. Cuando sus jugadores intentaban hacer algo, llegaba el poder del ponche y volteaba los ánimos inmediatamente. Empezaron a sentir miedo. Después del primer strike, las probabilidades de escuchar ponche eran apremiantes. Con el segundo strike, se reanudaba la pesadilla: poooooonche, poooooonche, poooooonche. El señor que tenía enfrente era mi termómetro. Podía ver cómo su nuca iba tornándose cada vez más roja con cada ponche. Venezuela ganaba en el juego y ganaba en la fanaticada. Estábamos destrozando al rival en el campo y en las gradas. A eso hay que añadir que el DJ del estadio era latino y solo ponía música que animaba a los venezolanos. De las dos horas y medias del juego, solo escuché un par de canciones en inglés. Del resto, sonó Rawayana, Oscar de León, Tambor Urbano, merengue. Los estadounidenses no entendían las canciones, no entendían el ponche y no entendían por qué su equipo no hacía ni un hit. Pero no todo fue perfecto, como ya sabemos. La racha de éxtasis se acabó en el octavo inning cuando metieron el home run y anotaron dos carreras. Por fin la bancada de Estados Unidos pudo levantarse de sus asientos y gritar USA (iu-es-sei). Se merecían una alegría, por lo menos. Muchos viajaron de muy lejos, pagaron una taquilla costosa, se pusieron sus trajes de vaqueros o se disfrazaron de Benjamín Franklin para qué. ¿Para escuchar ponche? Nosotros llevábamos 7 innings de pura intensidad. Ellos nos dejaban celebrar y nosotros a ellos. Aunque no sé si ponche cuenta ahora como un insulto, pero ya las reglas de la MLB lo dirán. Volvamos al octavo inning. Del lado de los venezolanos, el respaldar de los asientos desapareció. Nos acercamos al borde de la silla, bien encorvados, con las manos sujetando nuestras cabezas, moviendo las piernas frenéticamente, persignándonos, apuntando hacia el cielo, pidiéndole al de arriba un hit, un home ron, una base por bola. Los jugadores de Venezuela salieron con ganas de terminar de devorar el juego. La presa se había defendido, pero el ataque era inminente. El muchacho de al lado llevaba una bufanda con la bandera de Venezuela. En un punto del juego, se le llenó de salsa de tomate y la guardó, pero la sacó en ese momento y empezó a limpiarla con la lengua. Decía que esa era la bufanda de la suerte, que se la tenía que poner. Y así hizo: se llenó el cuello de salsa de tomate, se enfundó su bufanda y gritaba: “Vamos, vieja”. Quizás tenía razón porque a los segundos llegó la base por bola y después el batazo de Suárez que nos dio esa victoria en el marcador. La palabra grito se quedó corta. Lo que se vivió fue una histeria colectiva. La familia que tenía en frente se paró y se fue. “Espérense, pensé, les falta su turno. Aún pueden igualar”. Estoy segura de que huyeron antes de volver a escuchar “poooooonche, poooooonche, poooooonche”. Porque apenas agarró el bate el estadounidense, todos los venezolanos nos levantamos o nos mantuvimos de pie, para gritar “Venezuela”, tan, pero tan duro, que por un momento pensé que los que estábamos bateando éramos nosotros. El juego se volvió confuso y esa confusión terminó de quebrar la psique del oponente. El noveno inning pasó volando. Ponche, tras ponche, tras ponche. Un silencio sepulcral antecedió el último poche entre los milisegundos que pasaron desde que el pitcher tiró la bola, el cátcher la agarró y el réferi hizo el gesto de strikeout. Más que un grito, primero se escuchó un suspiro como cuando te asustan, pero luego te das cuenta de que no fue nada malo, acompañado inmediatamente de una bulla que levantó hasta el polvo del piso. Fue una bomba. Venezuela era campeona. ¡Ganamos una, al fin! Gritos, saltos, cerveza, abrazos, videollamadas, lágrimas, corredera, banderas, agradecimientos al cielo. Era un ritual. Se repetía una y otra vez. Cuando unos gritaban, los otros se persignaban. Cuando los de al lado saltaban, los de enfrente abrazaban las banderas. Cuando los que enfocaban en la pantalla lloraban, los jugadores corrían en el campo. Cuando los de allá hablaban con sus padres por video, los de acá gritaban “Venezuela”. Todos hacíamos de todo al mismo tiempo. La mayoría de los estadounidenses se fueron rápidamente. Solo quedamos los venezolanos, bastante japoneses y otros latinos que estaban igual de felices que nosotros. A los minutos comenzó el despliegue de la premiación. Un ejército logístico armó la tarima con el logo de la competición, cercó el perímetro y empezó la entrega de medallas. Primero pasó Estados Unidos y luego fue el turno de Venezuela. Pero antes se volvió a entonar el himno nacional. Esta vez sonó diferente: ahora lo cantamos con alegría, con soltura, con más gallos (porque muchos lloraban mientras cantaban), con la cercanía de todos los venezolanos que nos quedamos hasta que finalmente se alzó la copa. Foto: Keyla Brando Nosotros vivimos el mejor día de nuestras vidas y los estadounidenses vivieron un juego de mucha confusión. Imagino lo que habrán hablado con sus amigos cuando les contaron de su experiencia en el juego. Que ellos eran locales, pero que el estadio estaba lleno de venezolanos. Que de dónde salieron tantos venezolanos. Por qué gritan tanto. Por qué tienen un canto para absolutamente todo y cómo todos se lo saben. Por qué bailan a cada rato. Por qué se saben todas las canciones, hasta las que eran en inglés. Por qué se levantan en casi todas las jugadas y, lo más importante, por qué dicen “poooooonche”.