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El amor entró por los balcones: la historia de la gata Rubia

2026-01-28 - 22:34

Recuerdo que hice una presentación final para poder graduarme y, al final, en la última diapositiva, estaba ella: mi Rubia, mi catira hermosa, en una foto. Como cada día, como cada noche, acompañándome hasta que terminara y finalmente me acostara a dormir. Ella era una gata que entraba por el balcón. Yo vivía en una residencia y la habitación tenía un balcón pequeño; allí puse una mesa y siempre estaba leyendo, estudiando o hablando con mi familia por videollamadas, así que era un lugar donde solía estar. Ella paseaba por los techos. Yo estaba en un primer piso, así que era fácil verla de cerca y, la verdad, era muy regalada: siempre se acercaba, pero yo no le hacía mucho caso. Hasta que un día estaba desayunando y no se resistió: vino hasta donde estaba y se metió por la reja. Le di un poco y ya, no le di mucha importancia. Después comenzó a venir en la mañana y en la noche, y siempre le daba alguna tontería y caricias, hasta que empezó a esperarme a horarios fijos: en la mañana y en la noche. Le pregunté a la señora de la casa si esa gata tenía dueño; ella me dijo que había varios gatos y que todos estaban cuidados por una señora del edificio. Me propuse averiguar bien, porque de verdad era muy cariñosa. Yo estudiaba y ella se quedaba toda la noche mientras yo estaba en vela en ese balcón. Cuando ya iba a dormir, me daba mucho dolor, pero la dejaba afuera. Cuando contacté a la señora que los cuidaba, me dijo que sí, que efectivamente era muy cariñosa, pero que eso no era bueno, porque había tenido quejas de vecinos a los que esta gata se les había metido por el balcón principal y dormía en sus sofás. A veces se quedaba adentro y no la notaban; era un problema. Ella quería un hogar, uno que yo quería darle, pero faltaba un filtro: la señora Hilda, la dueña de la casa. Me armé de valor. Me faltaba poco para graduarme, estaba ya en el último año de idiomas y era posible que me fuera de allí. No quería dejarla. Le pregunté a la señora y me dijo que no. Eso no me detuvo. Cada mañana y cada noche ella estaba conmigo. Si yo tenía algo que hacer en la habitación, la dejaba mientras limpiaba y ella se portaba bien. Me conquistó y, sin darme cuenta, ya se había adueñado de mi corazón. Mi Rubia hermosa, siempre a mi lado hasta que apagaba la luz y le decía adiós cada noche. Siempre conmigo, hasta la hora que fuera Cuando hice mi trabajo final, le dediqué una lámina. Mis compañeros, enternecidos, me dijeron que la adoptara de una vez. Yo invité aquella mañana a la dueña de la casa; ella era muy linda conmigo. Fue incómodo para ella, pero al terminar y estar de vuelta, me dijo: “Has demostrado ser responsable. Quiero higiene y limpieza, no quiero malos olores y que ella no esté por todos lados, porque si va a ser tuya, no puede estar ocasionando problemas con otros vecinos”, no había terminado de hablar cuando la abracé, casi llorando de emoción. Al llegar, la llamé, pero no llegó. Estaba preocupado. Bajé y recorrí el edificio, pero no aparecía. Quise pensar que estaba en la casa de alguien, así como lo estaba conmigo. Esa noche no llegó. Era la primera vez que no llegaba. No dormí, no cerré el balcón. No apareció. La vecina que se ocupaba de ella la había dado en adopción. Yo no paré de llorar: me tragaba una lágrima y salían diez. La señora me dijo que era importante sacarla porque se metía por los balcones, etcétera. Me fui muy triste. Yo estaba tramitando una especialización y quería llevarla conmigo, llevarla al veterinario. Pronto me mudaría. Estar en el balcón sin ella era horrible; sentí como cuando la novia te deja. Pasaron varios meses y ya estaba por irme. No aparecía. Recogí todo. Me iba a un apartamento solo para mí, más cerca de mi trabajo y de donde haría la especialización. Le dije a la señora que muchas gracias, le hice un regalo, comimos juntos y le dejé mi teléfono, para que me llamara cuando quisiera. Agradecido, me fui. Ese mismo día, ya en la noche, me llama la señora Hilda y me dice: “No vas a creer lo que pasó. Los adoptantes de tu catira la devolvieron y tengo a la vecina con ella en mi casa. ¿Aún la quieres? Yo parecía un pordiosero: estaba sucio, sin bañarme, arreglando la casa que estaba pintando. Llamé un Yummy y me fui desde El Marqués hasta Montalbán 3, en moto. Esto fue como una película; yo no lo podía creer. Ya tenemos un año juntos. Es la reina de mi casa, de mi vida.

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