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El falso milagro económico chavista

2026-03-15 - 04:59

El venezolano común sigue atrapado en una economía de supervivencia. La inflación continúa siendo una de las más altas del planeta Humberto González Briceño La economía venezolana vive, una vez más, bajo el signo de una ilusión cuidadosamente administrada que la ha caracterizado durante la era chavista. En los últimos meses, algunos economistas han comenzado a hablar de crecimiento del PIB para 2026, impulsado —dicen— por un leve repunte petrolero y una mayor circulación de divisas en la economía. Sobre el papel, las cifras parecen sugerir que el país abandona lentamente el abismo en el que cayó durante la última década. Pero en Venezuela las cifras suelen tener una peculiar relación con la realidad: conviven con ella sin necesariamente describirla. Hablar de “recuperación económica” en el país exige, ante todo, aclarar de qué recuperación se está hablando. Porque si bien ciertos indicadores macroeconómicos pueden mostrar señales de expansión, esa mejora estadística convive con un hecho imposible de ocultar: el venezolano común sigue atrapado en una economía de supervivencia. La inflación continúa siendo una de las más altas del planeta, el salario formal apenas alcanza para cubrir una fracción mínima del costo de vida y la precariedad laboral se ha convertido en norma más que en excepción. En otras palabras, el crecimiento —si existe— no se traduce en bienestar. La paradoja no es accidental. Forma parte del peculiar modelo económico chavista que ha terminado por consolidarse en el país. Una economía fragmentada, donde conviven distintos circuitos de riqueza: uno reducido, dolarizado y concentrado en sectores vinculados al régimen o a actividades específicas; y otro vasto, empobrecido y condenado a la informalidad. En ese contexto, el discurso de la recuperación cumple una función política evidente. Permite construir la imagen de un país que, tras años de crisis, estaría finalmente “normalizándose”. No importa que esa normalidad consista en salarios pulverizados, servicios públicos deteriorados y una desigualdad cada vez más visible. Lo esencial es que el relato funcione. Después de todo, las estadísticas tienen una ventaja invaluable para cualquier poder político: ofrecen una apariencia de objetividad. Un porcentaje de crecimiento puede presentarse como evidencia de éxito incluso cuando la experiencia cotidiana de la población cuente otra historia. La economía venezolana se ha convertido así en una suerte de espejismo estadístico. En algunos barrios de Caracas proliferan bodegones, restaurantes llenos y vehículos de lujo que alimentan la percepción de un renacer económico. Pero basta alejarse unas cuadras —o mirar el interior del país— para encontrar la otra cara de la realidad: salarios públicos simbólicos, trabajadores que dependen de remesas y familias enteras que sobreviven gracias a la economía informal. La supuesta recuperación, en ese sentido, parece más bien un fenómeno localizado, casi insular. Una mejora parcial que beneficia a sectores muy específicos mientras la mayoría de la población permanece atrapada en la precariedad. Tal vez por eso el entusiasmo de ciertos diagnósticos económicos convive con una sensación generalizada de estancamiento. El país puede crecer algunos puntos en las estadísticas y, sin embargo, seguir siendo un lugar donde la vida cotidiana continúa marcada por la escasez de oportunidades. En Venezuela, al parecer, la economía puede mejorar sin que el país mejore con ella. Y esa es, quizás, la paradoja más reveladora de esta supuesta recuperación bajo la presidencia interina de Delcy Rodriguez. @humbertotweets

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