¿El nuevo dorado?
2026-03-09 - 12:37
La historia de las relaciones interamericanas parece estar atrapada en un eterno retorno. Desde la doctrina Monroe hasta el decreto de Obama, el hilo conductor ha sido la ambición desenfrenada de Washington por los recursos estratégicos de nuestra América. Con las recientes declaraciones de Doug Burgum, secretario del Interior de los Estados Unidos, sobre la llegada de 100 millones de dólares en oro venezolano a suelo estadounidense y la firma de licencias para el flujo de “minerales críticos”, nos obligan a una reflexión profunda desde la óptica de la soberanía nacional. En la actual reconfiguración del orden mundial, donde el bloque Brics+ desafía la hegemonía del dólar y el control de las cadenas de suministro, Estados Unidos se encuentra en una carrera desesperada por asegurar los metales indispensables para su transición energética y su complejo industrial-militar. El hecho de que Washington pase de las “sanciones máximas” a la firma de licencias comerciales evidencia que la realidad geológica venezolana ha terminado por imponerse sobre el voluntarismo ideológico de la Casa Blanca. Cualquier esquema de “cooperación” debe fundamentarse en el respeto absoluto a la jurisdicción nacional y el principio de autodeterminación. El oro que llega a Estados Unidos no debe ser visto como un tributo, sino como un activo soberano transado en condiciones de igualdad. El imperialismo ha utilizado el comercio de materias primas para establecer relaciones de dependencia. Sin embargo, el actual marco legal de la soberanía minera en Venezuela exige que este flujo de recursos se traduzca en el respeto a la propiedad venezolana sobre sus yacimientos mineros (Art 12, Crbv). El título “¿El nuevo dorado?” nos remite al mito colonial de la ciudad de oro que los conquistadores buscaban para salvar sus finanzas imperiales. El riesgo es que el Norte global pretenda convertir a Venezuela en su “almacén de emergencia” sin pagar el costo político del reconocimiento pleno. La llegada de esos 100 millones de dólares en oro industrial debe ser el primer paso hacia el levantamiento total y definitivo de las sanciones. No puede haber “flujo de minerales” mientras persistan restricciones al flujo financiero y diplomático. El “oro venezolano” no es el salvavidas de la economía estadounidense; es el fruto del esfuerzo de un pueblo que ha resistido el asedio y que ahora, con la ley en la mano y la mirada puesta en el pluricentrismo, exige un trato de iguales. Si Estados Unidos desea “minerales críticos”, deberá entender que en Venezuela ya no hay súbditos (a excepción de la ultraderecha nacional), sino una ciudadanía soberana que defenderá su patrimonio hasta el último miligramo. Politólogo