“El poeta de América”
2026-03-02 - 13:08
Transcurría el 7 de agosto de 1919; se conmemoraba el primer centenario del triunfo de Boyacá y un poeta soltaba su voz al viento. Pedía al Libertador por la bendición de nuestros pueblos asediados por fuerzas malignas, le imploraba por la “resurrección de la Aurora” y por su ungimiento con los “ínclitos áloes” de su bondad, para inmediatamente sentenciar: “Si una fuerza envidiosa desordenara el trazo/ con que impusiste aquí los senderos al Sol,/cincela con tu espada y funde con tu abrazo,/ (Oh escultor desta América), el hondo corazón/ de las veinte Repúblicas atentas a tu brazo/ para mostrarle al mundo tu milagro de Amor”. Este poema se titula «A Bolívar» y el bardo aludido es Carlos Pellicer, nacido en Tabasco el 16 de enero de 1897 y muerto otro 16, pero de febrero de 1977, en Ciudad de México. Su vida es inseparable de la mudanza de un país agroexportador a otro petrolero. Su estampa sería hija de una época convulsa dominada por la guerra y los planes modernizadores. Con una infancia y adolescencia muy vinculada a la Revolución Mexicana -su padre perteneció al ejército constitucionalista- sus primeros pasos los daría en Campeche. Una nota resaltante en Pellicer, que le marcaría significativamente, sería la beca asignada por la administración de Venustiano Carranza, como representante estudiantil en Colombia y Venezuela. Sería el momento de echar las bases de la Federación de Estudiantes Colombianos en Bogotá, instante que aprovecharía el joven mexicano para denostar de Juan Vicente Gómez, acción que le granjeó la simpatía de José Vasconcelos, de quien ulteriormente llegaría a ser secretario privado. Años más tarde, curiosamente, Andrés Manuel López Obrador cumpliría igual rol con el vate de Villahermosa. Pellicer se sumaría a los proyectos culturales del autor de «La raza cósmica», además, sería alfabetizador, político y defensor de los derechos de los trabajadores. También sería docente de la Universidad Nacional Autónoma de México, organizador de distintos museos y colaborador de múltiples esfuerzos editoriales. Con idas y venidas a su lar lindo y querido, con autoexilios, con una existencia de altibajos, se iría ganando la fama internacional como “El poeta de América”. Entre sus innumerables logros tenemos que alcanzaría a ser individuo de número de la Academia Mexicana de la Lengua (1953) y acreedor del Premio Nacional de Literatura y Lingüística (1964), respectivamente. Como lírico vanguardista, “solar”, cristiano, estaría adscrito al grupo literario Los Contemporáneos, destacándose en su voluminosa obra «Colores en el mar y otros poemas» (1921), «Esquemas para una oda tropical» (1933), «Estrofas al mar marino» (1934), «Vida» (1941), «Discurso por las flores» (1946), «Sonetos» (1950), «Práctica de vuelo» (1956), «Con palabras y fuego» (1963), «Bolívar, ensayo de biografía popular» (1966), y «Cuerdas, percusión y alientos» (1976). Recordemos su poema «Crepúsculo venezolano» de «Piedra de sacrificio» (1924), donde, después de reiterar el carácter insepulto del Hombre de las dificultades y subrayar la importancia simbólica del campo de Carabobo, hace un juicio muy actual: “Tierras de América estrangulada por los déspotas, /o por el yanqui, líder técnico del deshonor. /La indiferencia sombría de vuestros hermanos no detendrá el aerofuego fraternal del sol/el instante de una bolivariana aparición”.