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El príncipe

2026-03-05 - 18:08

La historia de México y Venezuela ha sido estrecha. Una mirada al pasado nos da pistas para develar una vez más cómo intereses comunes nos hacen coincidir, cuales pueblos cercanos, en horas tan estelares. Su fecha de nacimiento marcaría 30 de septiembre de 1807 en sitio michoacano. Su sangre también era vasca y española. Agustín Jerónimo se llamaba igual que su padre, aquel conocido como Agustín I, quien se había proclamado Emperador de México y que terminaría muy mal. El 19 de mayo de 1822 comenzaba su mandato hasta su abdicación el 19 de marzo de 1823. Agustín I era pasado por las armas el 19 de julio de 1824. Entonces de estirpe acaudalada, como hijo mayor, Agustín Jerónimo se hacía heredero de la casa real novohispana. Ahora se convertía en su Alteza Imperial ahuyentada de su lar nativo. El exilio sería afín a una familia venida a menos. Italia y Reino Unido serían sus destinos. Se presume que fue su madre, Ana María Huarte, quien le escribió a Simón Bolívar solicitándole que resguardara a su vástago en peligro, por eso vino a dar el príncipe mexicano a Nueva Granada. Así, el veinteañero con una buena educación en tierra anglosajona, era recomendado al Libertador mediante una misiva que daba fe de ser “un buen hijo, un buen hermano y un buen patriota que usará sus experiencias y riquezas para Dios y para el bien”. Ya en Colombia, la grande, Agustín Jerónimo era nombrado ayudante general bajo la orden del Hombre de las dificultades, pese a la negativa de su Ministro de Asuntos Exteriores, también mexicano. En su momento Bolívar respondería a su Canciller, con el ánimo de tranquilizarlo: “Usted debe calmar su mente a su presencia, porque no quería competir por el trono de su padre por mil razones”. Agustín Jerónimo sería una grata compañía para el caraqueño quien cerraba su ciclo vital, como quedó estampado en el informe oficial sobre la muerte del Padre de la Patria: “Bolívar se apoyó en su amigo y asistente Iturbide, cuando este lo ayudó a subir las escaleras hacia su dormitorio justo antes del anochecer”. El mozo mexicano le haría los últimos días más pasajeros al majadero mayor. Hasta jugaría cartas con su Excelencia. Gabriel García Márquez, en su obra muy apegada a la veracidad de los hechos, «El general en su laberinto», llegaría a describir aquella armónica relación de una manera poética: “Tres cosas conmovieron al general desde los primeros días. Una, fue que Agustín tenía el reloj de oro y piedras preciosas que su padre le había mandado desde el paredón de fusilamiento, y lo usaba colgado del cuello para que nadie dudara de que lo tenía a mucha honra. La otra era el candor con que le contó que su padre, vestido de pobre para no ser reconocido por la guardia del puerto, había sido delatado por la elegancia con que montaba a caballo. La tercera fue su modo de cantar.” El Libertador expiraría el 17 de diciembre de 1830 y Agustín Jerónimo -después de regresar a su tierra y desempeñar responsabilidades en Estados Unidos y Reino Unido como diplomático, además de una misión importante en las fuerzas de infantería- fallecería el 11 de diciembre de 1866 en la ciudad de Nueva York. Durante cuatro décadas Agustín Jerónimo reclamaría el señorío de su progenitor. No obstante, sería con el Segundo Imperio Mexicano dominado por Maximiliano I, cuando renunciaría a su derecho a la corona.

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