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El primer monroísta y yanquicito

2026-03-19 - 12:54

Si la historia oficial intentó canonizar a Francisco de Paula Santander como el “Hombre de las Leyes”, los archivos diplomáticos revelan que fue el primer operario del monroísmo en Nuestra América. Mientras Simón Bolívar cabalgaba los Andes buscando la independencia absoluta, Santander se encerraba en los despachos de Bogotá para definir la utilidad del Estado bajo los términos del Norte. No buscaba el reconocimiento diplomático de Washington; buscaba una validación existencial que pagó, entregando el sistema financiero a una relación asimétrica e injusta que hipotecó el futuro de la República naciente. Esta “crematística” fue el primer grillete de la dependencia. Mientras Bolívar, en las horas más críticas de la campaña del Sur, denunciaba que sus soldados estaban desnudos y sin pólvora, Santander autorizaba el pago puntual de intereses a los bancos anglo-estadounidenses. Prefirió ser el “buen pagador” que el proveedor de la libertad. Esa deslealtad no fue un choque de temperamentos, sino de proyectos geopolíticos opuestos: Santander adoptó el discurso de Monroe como propio, e institucionalizó la sumisión de América ante los intereses del Norte. El sabotaje al Congreso Anfictiónico de Panamá en 1826 fue el clímax. Siguiendo las instrucciones de Henry Clay, Santander se encargó de que nada de lo firmado alarmara a Washington, actuando como el informante de lujo que permitió vigilar —y finalmente asfixiar— el proyecto unionista de Bolívar. Su negativa a apoyar la liberación de Cuba y Puerto Rico, para no incomodar al mercado esclavista estadounidense, selló su destino como el primer proxy del imperio. Usó la ley no para organizar la nación, sino como una herramienta de lawfare para maniatar al Libertador, alimentando la narrativa de “dictador” para justificar la fragmentación de la Gran Colombia. Hoy, la historia dicta su veredicto sobre el arquitecto de la ocupación. Santander no dejó leyes, dejó una estructura de subalternidad que todavía intenta disolver nuestra unidad. El espíritu del “yanquicito” sobrevive en quienes prefieren el visto bueno de una potencia extranjera a la dignidad de su propio pueblo. Pero frente a la fría traición siempre se levantará el aliento de Bolívar para recordarnos que la soberanía no se negocia en despachos ni se rinde: se defiende, ayer y hoy, en la unidad, lucha y victoria.

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