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El verdadero precio del “acuerdo histórico” a largo plazo entre el chavismo y los EEUU

2026-02-15 - 03:11

Lo que se vende como “asociación” no es otra cosa que el entendimiento tácito de que el petróleo y los minerales venezolanos deben fluir sin condiciones a los intereses estadounidenses Humberto González Briceño En pleno carnaval de máscaras geopolíticas, Caracas y Washington anuncian una “asociación productiva a largo plazo” en energía y minería que suena más a entrega de llaves que a colaboración soberana. Lo ocurrió esta semana con la delegación estadounidense y la administración que encabeza Delcy Rodríguez es, en efecto, un acontecimiento de magnitud —pero no por la grandeza de la iniciativa, sino por su grotesca desnudez: Venezuela ofrece lo que siempre debería haber sido suyo y Estados Unidos responde con un puñado de sonrisas y cheques en blanco. El giro de timón es tan absoluto que habría que remontarse a los albores del rentismo petrolero para encontrar algo remotamente parecido: de la retórica anti-imperialista al abrazo con el viejo amo del norte. Lo que se vende como “asociación” no es otra cosa que el entendimiento tácito de que el petróleo y los minerales venezolanos deben fluir sin condiciones a los intereses estadounidenses, con la promesa —implícita, nunca explicitada— de que ese flujo garantizará la supervivencia política de los actores que hoy ocupan el poder. Es necesario señalarlo sin eufemismos: no es cooperación, es cesión de soberanía. Y lo más inquietante no es la transacción per se, sino la naturalización con la que ha sido aceptada dentro del chavismo gobernante. Si el proyecto revolucionario —aquel que reverberaba consignas de emancipación y antiimperialismo en la plaza pública— tenía algún núcleo ideológico, hoy queda reducido a un acto de realpolitik angustiosa, más parecido a una rendición que a una negociación. Delcy Rodríguez, sucesora circunstancial —y circunstancialmente sostenida por Washington—, ha conseguido algo insólito: convencer a sus bases de que esta capitulación es una victoria. Sectores civiles, militares y colectivos, acostumbrados a celebrar con fervor las imágenes de banderitas tricolores ondeando al viento, ahora agitan también las estrellas y barras como si fueran insignias de emancipación. El relato oficial ha mutado con una facilidad que da vértigo: renegar de los principios chavistas no es traición, es supervivencia. Esta metamorfosis no ha ocurrido al margen de estrategias deliberadas. Los estrategas en Miraflores —según fuentes de análisis que esperan mantener discreción por razones obvias— han tejido un discurso donde la lógica es brutalmente simple: si entregamos el petróleo al comprador más poderoso y le aseguramos un abastecimiento estable, este no tendrá razón para priorizar una transición política forzada en Venezuela. En otras palabras, negociar la riqueza nacional a cambio de la continuidad en el poder. La ironía no se detiene allí. En Washington se habla de inversiones, normalización y reconstrucción energética; pero detrás late la certeza de que el objetivo fundamental es reconectar al principal consumidor global con uno de sus más codiciados proveedores de hidrocarburos. Después de años de tensiones, sanciones y mutuos reproches, la relación regresaría a lo que siempre fue en esencia: petróleo por estabilidad, poder por acceso. Lo grotesco de esta comedia —o tragedia, según desde donde se mire— es que las bases chavistas parecen aplaudir. Ese acto de aclamación, con banderas de Venezuela y de Estados Unidos a la vez, revela una sociedad política que ha aprendido a amar su propia amputación, como si las concesiones crecientes fueran simplemente el precio inevitable de no desaparecer. En esta historia de renuncias, la pregunta que queda flotando en el aire es incómoda pero necesaria: ¿quién controla a quién? Cuando la renta petrolera, otrora pilar de independencia económica, se convierte en instrumento de subsistencia política, la soberanía deja de ser atributo de la nación para convertirse en mercancía de mercado. Mientras tanto, en el centro de esta nueva cartografía del poder, el chavismo con los Rodríguez a la cabeza parece haber apostado no por la transformación revolucionaria, sino por la astuta supervivencia del sistema, con tal de conservar cargos y privilegios. Si esa apuesta triunfa —es decir, si los flujos petroleros garantizan su continuidad— nadie tendrá que recordar ya que hubo una vez un discurso alternativo. Y para las futuras generaciones de venezolanos, la memoria del principio democrático y del principio soberano será apenas una nota al pie en los manuales de historia, un recuerdo doloroso de que no sólo se puede perder una elección, sino también perder el alma sin que nadie lo note del todo.- @humbertotweets EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University https://larazon.net/category/humberto-gonzalez-briceno

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