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Entre el engaño y el autoengaño

2026-03-16 - 13:38

Sin duda que vivimos un periodo de zozobra incrementado no solamente por las noticias falsas, sino también por nuestra capacidad de creer en situaciones increíbles gracias a nuestra capacidad de auto engañarnos sin darnos cuenta. Pero, primero que nada, definamos que el engaño es un acto comunicativo (verbal o no verbal) deliberado que induce a otra persona a creer algo que el emisor considera falso. Es un fenómeno social que implica, al menos, a dos partes: el embaucador y el embaucado. El engaño es una mentira consciente que le decimos a los demás. El engañador sabe la verdad, esta es una distinción clara. Mientras el autoengaño en cambio es un mecanismo psicológico fascinante y universal que nos protege de verdades incómodas, pero que a su vez nos aleja de una comprensión auténtica de nosotros mismos y de la realidad. Nos engañamos de múltiples formas, casi siempre de manera inconsciente, y lo hacemos para preservar nuestra autoimagen, evitar el dolor emocional o mantener una coherencia interna que, aunque ficticia, nos permita funcionar en el día a día. Una de las formas más comunes de autoengaño es a través de los sesgos cognitivos. El sesgo de confirmación, por ejemplo, nos lleva a buscar, interpretar y recordar información que confirme nuestras creencias preexistentes, mientras ignoramos o desestimamos todo aquello que las contradiga. De esta manera, construimos una realidad a medida donde siempre tenemos la razón. Esto es especialmente visible en el ámbito de las relaciones personales o las ideologías: preferimos rodearnos de personas y medios que nos den la razón, reforzando así nuestra burbuja de certezas. Otra vía es la disonancia cognitiva, un concepto desarrollado por Festinger. Cuando nuestras acciones y nuestras creencias entran en conflicto, experimentamos una tensión interna que resulta insoportable. Para resolverla, en lugar de cambiar nuestra conducta, a menudo modificamos nuestra percepción o justificamos lo que hicimos. Un ejemplo clásico es el de quien fuma a pesar de saber que es perjudicial: en lugar de dejar el cigarro, se convence de que «los nervios son peores» o que «hay que morir de algo». Así, la mente encuentra una salida para que podamos seguir viviendo con nosotros mismos sin enfrentar la contradicción. También nos auto engañamos mediante la negación selectiva. Ante noticias dolorosas o amenazantes, simplemente actuamos como si no existieran. Lo vemos en personas que retrasan una visita al médico por miedo a un diagnóstico, o en la forma en que, como sociedad, a veces minimizamos problemas ambientales o crisis sociales porque enfrentarlos implicaría cambiar nuestro estilo de vida. La negación actúa como un analgésico temporal, pero a largo plazo profundiza los problemas. La auto justificación es otro mecanismo poderoso. Constantemente construimos narrativas sobre nuestra historia personal para que todo encaje en una historia coherente y favorable. Si cometemos un error, lo atribuimos a factores externos; si acertamos, es por nuestro talento. Este sesgo de autoservicio nos permite mantener la autoestima, pero nos impide aprender de nuestros fracasos. Con el tiempo, nos convertimos en los héroes de una historia que nosotros mismos hemos editado. Incluso nuestras emociones pueden ser parte del engaño. A veces etiquetamos lo que sentimos de manera que resulte más aceptable: llamamos «estar ocupados» a la evasión, «prudencia» al miedo, o «ser selectivos» a la pereza social. Nos mentimos sobre lo que realmente queremos para no tener que admitir deseos que consideramos inapropiados o inalcanzables. En el fondo, el autoengaño cumple una función adaptativa. Nos ayuda a mantener un sentido de control y predictibilidad en un mundo incierto. Sin embargo, su exceso nos atrapa en una realidad paralela. La paradoja es que, para dejar de engañarnos, necesitamos primero reconocer que lo hacemos, y ese reconocimiento suele ser el paso más difícil, porque implica enfrentar aquello que precisamente queríamos evitar. Así, vivir conscientemente exige una vigilancia constante sobre nuestras propias justificaciones, una disposición a dudar de nuestras certezas y, sobre todo, el valor de mirar de frente incluso lo que preferiríamos no ver. ¿Es mejor seguir dormido o tratar de despertar? “Antes que me engañen prefiero engañarme yo mismo” G. Marx

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