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Entre misiles y barriles / Opinión I Humberto González Briceño

2026-03-22 - 02:06

Con la guerra del Golfo, Venezuela es una ficha útil en una partida que se juega lejos de sus fronteras. Nuevamente el petróleo promete redención mientras prepara otra decepción. Humberto González Briceño En el Golfo Pérsico se decide, una vez más, el precio de la gasolina en Caracas. No es una metáfora: es la vieja lección de la geopolítica energética, donde los misiles viajan más rápido que los barriles, pero son estos últimos los que terminan fijando las reglas del juego. La guerra entre Estados Unidos e Irán ha devuelto al mercado petrolero a su estado natural: la incertidumbre como norma y la escasez como amenaza creíble. El estrecho de Ormuz, por donde circula cerca del 20% del petróleo mundial, ha sido convertido en un cuello de botella militarizado; basta con que se cierre parcialmente para que los precios se disparen por encima de los 100 dólares por barril, como ya ha ocurrido en los momentos más álgidos del conflicto. No se trata de una anomalía, sino de una constante histórica: cada crisis en esa región añade una “prima de guerra” al crudo, estimada hoy entre 4 y 10 dólares por barril, aunque con potencial de escalar mucho más. Pero toda disrupción crea, inevitablemente, un beneficiario. Y aquí aparece Venezuela, ese actor improbable que pasa de paria a pieza útil en cuestión de semanas. Washington, urgido por contener la inflación energética y asegurar suministro para su propio mercado, ha flexibilizado las restricciones al petróleo venezolano en pleno conflicto con Irán. La razón es simple: el petróleo no tiene ideología, pero sí rutas, y cuando las del Golfo se vuelven peligrosas, el Caribe adquiere una nueva centralidad. Ahora bien, conviene desmontar la ilusión antes de que se convierta en propaganda. ¿Cuánto podría realmente recibir Venezuela por este súbito reacomodo? Supongamos un escenario optimista: una producción de 800 mil barriles diarios —cifra cercana a la actual— y un precio internacional que oscile entre 80 y 100 dólares por barril en un contexto de guerra prolongada. Eso implicaría ingresos brutos potenciales entre 23 y 29 mil millones de dólares anuales. Una cifra respetable, casi seductora, sobre todo para un país que ha vivido de la escasez. Pero aquí comienza la letra pequeña, que en Venezuela siempre termina siendo la letra decisiva. Primero, porque buena parte de esos ingresos no entran directamente a las arcas nacionales. En la nueva arquitectura de relaciones con Washington, es Estados Unidos quien controla —o al menos supervisa— la comercialización y distribución de esos recursos, con el declarado objetivo de “beneficiar al pueblo venezolano”. Una formulación tan noble como ambigua. La experiencia histórica invita a la prudencia: cuando el petróleo pasa por demasiadas manos, suele evaporarse antes de llegar a la sociedad. Segundo, porque el aparato estatal venezolano sigue siendo lo que es: una estructura diseñada no para distribuir riqueza, sino para capturarla. Como ya se ha visto en otros contextos, la renta petrolera tiende a filtrarse a través de redes clientelares, militares y burocráticas que operan con lógica propia, ajena al interés general. En ese sentido, el problema de Venezuela nunca ha sido la falta de ingresos, sino la imposibilidad estructural de administrarlos con criterios republicanos. Como se ha señalado en otros análisis, el poder real en el país descansa en un entramado donde lo militar y lo económico se confunden, y donde la renta se convierte en mecanismo de lealtad antes que en instrumento de desarrollo . Tercero, porque el supuesto “privilegio” geopolítico de Venezuela es, en el fondo, una relación de dependencia. Si el petróleo venezolano vuelve al mercado global es porque sirve a los intereses estratégicos de Estados Unidos en su confrontación con Irán. Es una oportunidad, sí, pero también una condición: el margen de maniobra de Caracas estará atado a esa lógica. Hoy es útil; mañana, prescindible. De modo que la pregunta clave no es cuánto dinero puede entrar, sino quién lo controla y con qué reglas. ¿Existe algún mecanismo institucional que garantice que esos recursos lleguen efectivamente a los venezolanos? La respuesta, por incómoda que resulte, es negativa. Ni el Estado venezolano ofrece garantías de transparencia, ni la tutela externa asegura una distribución equitativa. Entre ambos extremos se configura un sistema híbrido donde la soberanía se diluye y la rendición de cuentas desaparece. Así, Venezuela podría recibir más dinero que en años recientes y, sin embargo, seguir siendo un país pobre. No sería la primera vez. La historia petrolera venezolana es, en buena medida, la crónica de esa paradoja. Al final, la guerra en el Golfo no solo redefine el precio del crudo; también desnuda las fragilidades de quienes dependen de él. Venezuela vuelve al tablero, pero no como jugador soberano, sino como ficha útil en una partida que se juega lejos de sus fronteras. Y en ese juego, como tantas veces, el petróleo promete redención mientras prepara otra decepción. @humbertotweets EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University https://larazon.net/category/humberto-gonzalez-briceno

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