TheVenezuelaTime

Estamos en territorio desconocido

2026-01-25 - 21:10

El chavismo sin Maduro es un cuerpo sin cabeza, obligado a obedecer instrucciones ajenas mientras simula autoridad. Humberto González Briceño La historia, como el destino, tiene ironías feroces. Tras años de diatribas contra el “imperialismo yanqui”, el chavismo ha despertado sin su comandante en jefe, y con la amarga tarea de administrar –como dócil virrey– una parcela tropical intervenida por el poder que juraron combatir. La captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses (y su posterior desaparición del tablero político) ha abierto una grieta sísmica en la estructura geopolítica de la región y ha inaugurado un tiempo sin precedentes: ni guerra, ni invasión formal, pero tampoco soberanía. Lo que sigue es un experimento de ingeniería política de laboratorio. Para Estados Unidos, el desafío ya no es derrotar al chavismo (esa fase terminó), sino domesticarlo. Washington no pretende gobernar directamente, ni colocar a un Leopoldo o a una Machado en Miraflores; lo que necesita es controlar el país –el territorio, los recursos, las redes logísticas– usando al régimen sin Maduro como instrumento ejecutor de una hoja de ruta trazada en otra latitud. A cambio, una promesa implícita: tiempo de gracia, algo de estabilidad, tal vez inmunidad. Pero no se equivoquen. Esto no es altruismo imperial. La factura ya llegó y se paga en crudo. Venezuela entregará petróleo sin condiciones como forma de saldar la captura de Maduro, financiar la “recuperación” del país y compensar a las multinacionales por las expropiaciones y confiscaciones que datan, no ya del chavismo, sino de 1976. Sí, Trump ha sido claro: la deuda con Estados Unidos comenzó el día que Carlos Andrés Pérez nacionalizó la industria petrolera. El péndulo ha vuelto a su origen, y lo hace con furia retroactiva. En este nuevo tablero, Delcy Rodríguez y Jorge Rodríguez deben desempeñar el papel de gerentes coloniales: administrar los intereses de otro, en nombre de una “soberanía” que hace agua por todas partes. El discurso patriótico, las cadenas sobre independencia, los desfiles con estandartes bolivarianos se convierten en pantomimas grotescas. La retórica antiimperialista es ahora un ornamento inútil, como un retrato de Bolívar en una oficina de la Texaco. El chavismo sin Maduro es un cuerpo sin cabeza, obligado a obedecer instrucciones ajenas mientras simula autoridad. Y lo hará, no por convicción, sino por miedo y por interés. Porque lo que se juega no es sólo la supervivencia del aparato político, sino la libertad y la fortuna de sus operadores. Que colaboren no implica cohesión: el bloque chavista es una federación de bandas, no un partido. Colectivos, militares, burócratas, cada quien con su agenda. La obediencia será fragmentaria, condicional, y tarde o temprano alguno romperá filas. Washington lo sabe. Por eso su estrategia no es sostener al chavismo como un todo, sino decantarlo. Filtrar, identificar, reclutar operadores políticos y militares dispuestos a transar, a vender su porción del botín a cambio de inmunidad o reinvención. Lo llaman reconciliación nacional: un eufemismo elegante para el reciclaje de culpables. Y los venezolanos... ¿dónde quedan? La sociedad, o lo que queda de ella, está ante un dilema desgarrador: aceptar la humillación de ser administrados por poderes foráneos a través de sus antiguos verdugos, o continuar aferrados a una soberanía caricaturesca que ha servido sólo para empobrecer, reprimir y saquear. Como dijo con punzante lucidez Agustín Blanco Muñoz, ya no somos un país, sino la parodia de uno. ¿Vale la pena seguir defendiendo la “independencia” si lo que protege es la continuidad de un régimen que ha destruido la nación? ¿O es preferible entregarse al imperio a cambio de la promesa –nunca garantizada– de bienestar material? ¿Acaso no es esta la vieja historia latinoamericana de siempre, donde la liberación llega disfrazada de ocupación y el orden, al precio de la dignidad? No hay respuestas simples. Sólo la certeza de que hemos entrado en territorio inexplorado, donde los mapas no sirven y las brújulas fallan. Nada está garantizado, ni siquiera el fracaso. Lo único claro es que esta vez no hay retorno. @humbertotweets EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University https://larazon.net/category/humberto-gonzalez-briceno

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