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La amnesia de la pandemia: ¿por qué dejamos de hablar del Covid-19?

2026-03-13 - 09:38

Hace apenas seis años, el mundo se detuvo. Las calles de las capitales mundiales, normalmente congestionadas y caóticas, se transformaron en espacios de un silencio sepulcral roto solo por las sirenas de las ambulancias. Hoy, en marzo de 2026, el silencio es distinto: es una amnesia del evento o un silencio de omisión. Pero, ¿Cómo pasamos de la saturación sensorial al mutismo absoluto? ¿En qué momento lo que narramos como un «quiebre cosmológico» —un evento que reconfiguraría nuestra espiritualidad y nuestra relación con el planeta— devino en una simple «gripe normalizada», una nota marginal que preferimos saltarnos para no interrumpir el flujo del consumo? Este reportaje parte de la observación de que, tras dos o tres años de una saturación informativa, el tema del Covid-19 desapareció casi por completo de la conversación cotidiana, las agendas políticas y los titulares, a pesar de que el virus sigue presente y persisten secuelas (económicas, sociales, de salud pública). El objetivo no es solo describir este silencio, sino investigar sus causas profundas. Las perspectivas de tres expertos, un médico, una psicóloga y un novelista nos ayudarán a construir, colectivamente, una arquitectura política, económica, simbólica y psicológica de la desmemoria. La geopolítica del silencio: cuando el virus dejó de ser rentable Para desanudar las raíces de este silencio, es necesario apartar la mirada de los centros de salud por un momento y fijarla en los flujos del poder global. El silencio actual no es un accidente; responde a una reconfiguración de intereses que opera muy por encima de nuestras cabezas. El médico internista Ricardo León lo explica de una forma que aclara cualquier idealismo sobre el fin de la emergencia: «El fenómeno epidemiológico fue y es real, no se puede ocultar. Pero fue utilizado por el complejo médico-industrial-farmacéutico hegemónico para instaurar dinámicas y flujos comerciales específicos. La Organización Mundial de la Salud (OMS), que ya venía en deterioro organizacional, es una organización que hace lobby para que las transnacionales financien los sistemas de salud y a su vez los hagan dependientes. Pero esa dinámica cambió». Según León, la amnesia colectiva está profundamente ligada a la rentabilidad. Durante los años críticos, la OMS y las grandes transnacionales farmacéuticas dictaron el ritmo de la economía global. Sin embargo, el tablero geopolítico se movió. Las tensiones bélicas en Europa del Este y Asia Occidental, junto con la reestructuración de los financiamientos internacionales, cambiaron el foco de los medios y los mercados. «Recordemos que a partir de la Covid-19 cambió la dinámica de los flujos comerciales, no solo para el tema de medicamentos, sino para el tema de las naciones. Es otra dinámica comercial, política, económica y geopolítica», sostiene León. «La organización mundial de la salud ya no es una organización que haga tanto lobby a ese complejo. Ahora la orientación mediática está dirigida hacia otro panorama». Un dato importante: Estados Unidos dejó de financiar la OMS, pero mantiene su inversión en la Organización Panamericana de la Salud, «la organización donde ellos tienen control, donde tienen todo el lobby». El interés se ha desplazado. Y con él, la narrativa. «No se habla de pandemia, sino que se comenzó a hablar de tratados unilaterales para atender epidemias de fiebre amarilla, dengue, paludismo, que son propias de nuestra realidad territorial y tropical», explica León. «El virus sigue circulando, pero ya no alcanza el nivel de pandemia. Sigue siendo letal, pero no de tal letalidad como antes». León concluye que: «No se habla de pandemia porque ya no le es rentable al complejo industrial farmacéutico hegemónico, y por consiguiente no le es rentable a los medios de comunicación, que se benefician de toda esa dinámica y esos flujos económicos, comerciales, políticos y militares». El capital dictó el inicio del pánico y, con la misma frialdad, decretó su final. El elefante negro: la metáfora de lo que no queremos ver Existe una metáfora útil para entender esta dinámica: la del «elefante negro». A diferencia del «cisne negro» —un suceso impredecible e improbable—, el elefante negro es un desafío plenamente visible para todos, pero que nadie quiere enfrentar. Las pandemias estaban en todos los mapas de riesgo de la última década, se sabía el qué. Lo único incierto era cuándo ocurrirían, se desconocía el cuándo. El elefante negro sigue ahí, pero hemos decidido colectivamente no mirarlo. Este fenómeno ocurre cuando no está claro a quién le corresponde detectar el riesgo y actuar. Se genera un «efecto espectador», donde nadie asume voluntariamente la responsabilidad de un problema que está a punto de convertirse en desastre. El elefante negro evoluciona producto de los sesgos cognitivos, fuerzas institucionales o falta de voluntad para leer las señales evidentes. Esta inacción política y social lleva a las sociedades a evitar tareas preventivas necesarias, asumiendo finalmente un precio terrible cuando el riesgo se materializa. El Covid-19 funcionó como un elefante negro porque, a pesar de ser una amenaza conocida y visible en los análisis científicos, no se tradujo en una agenda real de preparación hasta que el desastre ya estaba presente. Hoy, a pesar de que las señales de que el virus sigue entre nosotros son evidentes, preferimos mirar a otro lado. El duelo huérfano y los rituales robados Mientras las macroestructuras económicas pasaban la página con la eficiencia de una corporación, en la base de la pirámide social millones de personas se quedaron atrapadas en un presente perpetuo de dolor. Alirio Contreras, novelista y poeta venezolano, conoce íntimamente esta fractura. Él perdió a su madre a causa del Covid-19. Para él, la herida sigue abierta en medio de una sociedad que decidió mirar hacia otro lado. «Tengo una herida con esa enfermedad, con ese virus, con esa pandemia», nos dice. «Por la misma falta de conciencia de la sociedad, de la gente, por no haber acatado los protocolos necesarios, por privilegiar en el contexto de una pandemia un evento social, una tradición, un bautismo, un cumpleaños. Eso expandió los contagios. Ese fue el caso de mi madre». Hay algo que pocos se atreven a decir: la culpabilidad colectiva, eso que no queremos mirar. La pandemia nos enfrentó a una verdad incómoda: el virus se ensañó con nosotros, en gran parte, por nuestra incapacidad de renunciar a la frivolidad social en el momento equivocado. Privilegiar el encuentro sobre la precaución expandió los contagios. Esa responsabilidad compartida es también algo que preferimos enterrar bajo el asfalto de la nueva normalidad. Contreras reflexiona sobre lo que la pandemia nos arrebató: «Nos robó el lenguaje de contacto, el ritual funerario, la cercanía afectiva. Nos arrebató tradiciones, nos arrebató prácticas culturales, nos descolocó. El contacto humano nos aisló más, que es un fin último del capitalismo: la individualización. Individualizas al sujeto porque lo aíslas, pero a la vez lo masificas a través de las redes sociales». Hoy, esa negativa a aprender se manifiesta en lo cotidiano. «La gente se sigue saludando con besos cuando tiene gripe, no usa tapabocas, se sienta en salones de clase o en el transporte público y tose sin medidas de protección», observa el poeta. «El covid nos dejó una enseñanza que nos llevaba a tener unos cuidados: el uso de desinfectantes, guardar distancia, usar tapabocas si tienes virus. Pareciera que el Covid no pasó. Eso es borrar la memoria». Enterrar y seguir: la mente como escudo Si la política y la economía empujaron hacia el olvido desde arriba, nuestra propia biología les abrió la puerta desde dentro. Para entender el silencio de las calles, debemos descender a la estratigrafía de nuestra psique. El cerebro humano no es solo un almacén de datos; es, ante todo, un órgano diseñado para la supervivencia. Cuando una experiencia nos desborda, el sistema activa un mecanismo de protección. Guardamos el 2020 y el 2021 en un archivo inaccesible para poder seguir funcionando, contando la historia con una neutralidad clínica, despojada de la carga emocional que nos rompería por dentro. La psicóloga Marinera Matos, especialista en clínica mental, nos precisa este mecanismo: «Empecemos por aclarar: hablar de evitación postraumática masiva implica la afirmación de que fue un trauma para todos quienes lo vivimos. La instalación de un trauma depende de los recursos personales y colectivos que tengamos para hacer frente y elaborar la situación crítica». La pandemia implicó, en un primer momento, mucho miedo, sustentado en el desconocimiento inicial y posteriormente en la repercusión de los duelos por las personas fallecidas. Pero Matos introduce un matiz inquietante: «Es importante recordar que, durante la propia pandemia, los picos de contagio obedecieron a situaciones de encuentros sociales familiares, grupales y colectivos. Ya para ese momento, al miedo lo superaba la necesidad de encuentro social y afectivo». Esa necesidad, esa pulsión irrefrenable por el otro, es la misma que hoy nos impulsa a enterrar el recuerdo de lo que pasó cuando estuvimos solos. Para quienes efectivamente la pandemia generó trauma, las derivaciones clínicas pueden estar sobre todo en el espectro ansioso. Pero una vez más, depende de los recursos psicológicos y situaciones previas de la persona. La fábrica del olvido: publicidad, redes sociales y la dictadura de la inmediatez ¿Quién construye la amnesia? ¿Cómo se fabrica el olvido colectivo más allá de los mecanismos psicológicos individuales? Contreras apunta directamente a la maquinaria cultural: «El problema que tenemos, sobre todo a raíz de la globalización, es una memoria cortoplacista. La globalización no es solamente un tema de imposición de un modelo económico, sino de una manera de pensar. Y las redes sociales son la punta de lanza del proyecto globalizador, porque imponen las tendencias y las narrativas». La publicidad ha jugado un rol crucial en esta operación. Un estudio comparado hecho en España que los anuncios pasaron de emitir mensajes de «cuidado y valores colectivos» en 2020 a crear un «espacio de ensoñación» en 2021. Las marcas borraron las mascarillas de los rostros publicitarios y volvieron a prometer felicidad a través del consumo. La pandemia fue tratada como si hubiera sido «solo un mal sueño». «Se nos impone una narrativa en la que no somos si no estamos conectados», denuncia Contreras. «Hay una necesidad permanente de contarle a nadie, porque finalmente a muy poca gente le interesa en la vida real lo que la gente cuenta en redes sociales. En esta visión de una sociedad narcisista —contar qué haces desde que sales, cómo tomas el autobús, qué comes— todo nos centra en el yo». Contreras evoca a Carlos Monsiváis para ilustrar este fenómeno: «Monsiváis, en ‘La hora del control remoto’, hablaba de un grupo de muchachos que hacían algo hasta que se viera en la televisión. Decía: ‘ya la hice, ya aparezco, ya existo, porque aparezco en una pantalla’. En esa época no existían las redes sociales, y pareciera que estaba señalando este momento histórico en el que la gente no es si no aparece en una pantalla». La necesidad del yo se legitima ya no con el otro, sino a través de una red que no es nadie, pero son muchos. Y ese mucho difumina al individuo, lo masifica, no le pone rostro. Es una masa amorfa, un espejo de Narciso que simplemente permite verse reflejado en la pantalla. Marinera Matos añade una capa más a esta reflexión: «La pandemia y el confinamiento favorecieron significativamente el uso de pantallas como mediación social, académica y laboral. Incluso en el presente, ese impacto sigue siendo palpable. La capacidad narrativa depende de la posibilidad de cada generación de construir y compartir, siendo el relato el mediador. Pero estos espacios de compartir han venido disminuyéndose cada vez más, sustituidos por la inmediatez de los tiempos en redes sociales». «Sobre la construcción del relato histórico, hay una tendencia a la inmediatez, asociada al tema de las redes y el uso de pantallas», continúa Matos. «No hay abordajes a profundidad de los temas ni tiempos para procesar. El retorno a la continuidad de la vida ‘normal’ es requerido como proceso adaptativo, pero no siempre se dan los espacios para procesar lo que ocurrió. Muchas veces, esa necesidad de retomar la vida cotidiana implica que hay que obturar (enterrar) y seguir». El relato histórico está comprometido por las visiones socio-contextuales. No podemos hablar de un relato único. Las experiencias locales y familiares van a ser determinantes en lo que se dice y lo que se silencia. La excepción: donde el silencio se rompe Pero la amnesia, por más que se decrete desde las esferas del poder o se fomente en los algoritmos de las redes, nunca es total. Existen márgenes, fisuras en el muro de la normalidad, donde el Covid-19 sigue siendo el único tema de conversación. En grupos cerrados de WhatsApp y foros de internet, decenas de miles de personas en toda Suramérica conforman la resistencia silenciosa del Long Covid (Covid Persistente). Allí intercambian consejos sobre cómo lidiar con una fatiga crónica que los ancla a la cama, una «niebla mental» que les impide trabajar, y crisis de pánico repentinas. Para ellos, el virus no es un recuerdo del 2020; es la realidad con la que desayunan cada mañana. Alirio Contreras señala esta realidad ignorada: «¿Qué pasa con los efectos del Covid prolongado? Alguna gente sigue hablando de ello, pero tímidamente. Siguen apareciendo secuelas, pero no vemos un seguimiento nacional de datos, ni a nivel global. Muchas personas tienen síntomas y no los ubican como consecuencia de una enfermedad que aún debería estar bajo estudio». Marinera Matos confirma: «Para quienes efectivamente la pandemia generó trauma, la situación es otra. Las derivaciones clínicas pueden estar sobre todo en el espectro ansioso. Pero una vez más, depende de los recursos psicológicos y situaciones previas de la persona». También en los barrios de nuestras megaciudades, la amnesia es un lujo que pocos pueden permitirse. Allí, donde las cuarentenas dinamitaron las economías informales, las secuelas no son solo biológicas, sino estructuralmente devastadoras. Las deudas adquiridas para comprar bombonas y concentradores de oxígeno a precios de extorsión se siguen pagando. El hambre se instaló como algo permanente. Mientras el centro financiero consume en un espacio de ensoñación publicitaria, la periferia sigue lidiando con los escombros de un sistema que los dejó a la intemperie. El virus que no se fue: la realidad persistente Aunque el silencio mediático sea casi absoluto, el virus no ha firmado un tratado de paz sino más bien una amnistía conveniente. La narrativa oficial nos dice que «ya es solo una gripe», pero los datos epidemiológicos de la región suramericana dibujan un panorama que se niega a desaparecer: Mortalidad endémica: Aunque lejos de los picos de 2021, el SARS-CoV-2 (Covid-19) sigue siendo una de las principales causas de muerte por infecciones respiratorias en la región. Se estima que el exceso de mortalidad real fue hasta tres veces superior a las cifras oficiales iniciales. Hospitalizaciones silenciosas: Los sistemas de salud pública mantienen una presión constante. Los ingresos por complicaciones derivadas del virus ya no abren los noticieros, pero siguen agotando a un personal sanitario que nunca recibió el descanso prometido. Brecha vacunal: Mientras las capitales han normalizado sus vidas, amplias zonas rurales e indígenas de Suramérica no alcanzan el 40% de cobertura en dosis de refuerzo, manteniendo nichos de alta vulnerabilidad. La pandemia mental: El 82% de los adultos encuestados reporta un deterioro permanente en su bienestar general tras la crisis. Las relaciones sociales son la esfera más dañada. La salud psicológica, la segunda. Ricardo León lo resume: «El virus sigue circulando, pero ya es uno de los tantos virus que producen infecciones respiratorias y enfermedades gripales. Sigue siendo letal, pero no de tal letalidad como antes». Alirio Contreras añade una preocupación adicional: «La gripe es una de las enfermedades que más mata gente en el mundo, y nosotros no estamos acostumbrados a tener patrones o protocolos de cuidado. Culturalmente, no tomamos los protocolos que nos dejó el Covid y por eso es que las gripes se esparcen como se esparcen». ¿Por qué dejamos de hablar? Dejamos de hablar del Covid-19 porque el discurso de la «nueva normalidad» es más cómodo que el de la responsabilidad colectiva. Porque la publicidad y los medios han operado como motores de la inercia social, priorizando la reproducción del capital sobre el procesamiento emocional de la tragedia. Dejamos de hablar porque el sesgo de disponibilidad —ese atajo cognitivo que nos hace reaccionar solo ante lo urgente y visible— nos empuja a ignorar los riesgos que ya no ocupan el primer plano de la atención. Genera una resistencia inconsciente a reaccionar frente a amenazas que percibimos como lejanas a la «norma» actual. Dejamos de hablar porque reconocer que el virus sigue ahí sería admitir que seguimos siendo vulnerables, que el sistema de salud sigue siendo frágil, que las desigualdades que la pandemia evidenció no se resolvieron, sino que se profundizaron. Dejamos de hablar, también, porque el elefante negro sigue en la habitación y nadie quiere asumir la responsabilidad de señalarlo. Porque la gobernanza del olvido —esa estrategia política de declarar el fin de la emergencia para justificar la inacción— ha calado hondo en nuestras instituciones y en nuestras mentes. Pero, sobre todo, dejamos de hablar porque el silencio es una forma de supervivencia. El problema, y es un problema profundo, es que este silencio tiene un precio. Marinera Matos advierte: «Hablar de las situaciones críticas una vez pasadas solo tiene sentido y pertinencia en los espacios de contención y seguridad sociales y personales. Pero es necesario aún hacer revisión sobre las capacidades del sistema de salud y de comunicación para recopilar críticamente lo transitado. Hay mucho aún por desarrollar». El peligro de una sociedad sin cicatrices Alirio Contreras hace una invitación: «A cinco años de iniciada la pandemia, habría que hacer foros, encuentros, escribir, reflexionar sobre la memoria histórica, sobre cómo vivimos nosotros esa experiencia humana y colectiva. Lo bueno y lo malo. Para no archivar nuevamente un fenómeno que, de alguna manera, partió a la humanidad en dos. Nos adaptamos a la nueva manera de ser sin pensar de dónde venimos, por qué llegamos a este punto, y sin ver, a veces, la monstruosidad que también incluye el contexto de una situación como la que nos tocó vivir». La amnesia social que hoy practicamos no es una forma de sanación. Es una estrategia de supervivencia profundamente defectuosa que nos deja vulnerables. Al borrar las huellas de la crisis, al negarnos a establecer protocolos permanentes de cuidado, perdemos la oportunidad de aprender de la sindemia —esa interacción letal del virus con la precariedad social y ambiental—. Negar el dolor no nos hace más fuertes; solo nos hace más inertes frente a la próxima emergencia. Los historiadores lo saben: el olvido público no elimina el recuerdo privado. Solo lo condena a la soledad. Marinera Matos reflexiona sobre el trauma intergeneracional: «El trauma intergeneracional implicaría proyectar las consecuencias en las generaciones futuras que no pasaron por la situación o que estaban muy pequeños para ordenar su vivencia. En la medida en que cada núcleo familiar haya desarrollado estrategias para sortear la pandemia y los duelos, esto genera menos impacto posterior». Y quizás eso sea lo más trágico de todo. Que mientras nosotros, como sociedad, decidimos colectivamente no hablar más del Covid-19, hay miles de seres humanos que siguen cargando solos el peso de una memoria que no encuentran dónde depositar. Que siguen atravesando, en silencio, la noche “oscura del alma”. Necesitamos construir una «otra normalidad» que no se base en el cinismo o en el olvido forzado, sino en la validación del sufrimiento colectivo. Sanar requiere nombrar lo ocurrido. Requiere reconocer el vacío dejado por los ausentes, escuchar el agotamiento de los médicos que hoy trabajan en silencio, y entender que nuestra fragilidad es compartida. Alirio Contreras lo dice con la firmeza de quien atravesó la pérdida: «Es importante honrar la memoria de todas las personas que perdimos: amigos, familiares. El silencio actual es una escapatoria cómoda que prioriza la producción de capital sobre el cuidado de la vida. Pero el pasado no desaparece por decreto. Para que las heridas de la pandemia no nos sigan devorando en la sombra, primero debemos tener la valentía de mirarnos al espejo, bajarnos la mascarilla imaginaria del olvido, y permitirnos recordar que, alguna vez, el mundo se detuvo para mostrarnos lo frágiles que realmente somos. Caminar hoy por nuestras ciudades iluminadas y ruidosas es hacerlo sobre un pavimento recién asfaltado que oculta grietas profundas. Bajo el asfalto nuevo, en los restaurantes repletos, en las sonrisas de las campañas publicitarias que nos invitan a consumir como si nada hubiera pasado, todavía están las sombras de los que no pudieron pasar la página.

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