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La delicada y sutil retórica de Cabello

2026-03-29 - 04:55

La exhortación a confiar “plenamente” en Delcy no suena a simple formalidad. Tiene el tono de una transferencia simbólica. Humberto González Briceño En la liturgia chavista, las palabras nunca son inocentes. Tampoco lo son los silencios. Y en el discurso pronunciado por Diosdado Cabello el pasado 23 de marzo en Caracas, ambos —palabras y omisiones— parecen cuidadosamente dosificados para algo más que una arenga de circunstancia. Cabello arranca en su registro habitual: épica de resistencia, victimización por las sanciones, evocación nostálgica de la edad dorada de Chávez. Hasta allí, nada que sorprenda. El chavismo, cuando duda, se refugia en su pasado como quien consulta un dogma que ya no convence, pero todavía ordena. Sin embargo, pronto aparece la primera disonancia. El enemigo no es exactamente el presente. No hay una sola mención directa a Donald Trump, figura central e inevitable en cualquier narrativa antiimperialista contemporánea. En su lugar, Cabello rescata a Barack Obama —“aquel señor que declaró a Venezuela una amenaza”— como si el tiempo político se hubiese congelado en 2015. No es un descuido. Es cálculo. Atacar a Obama es atacar a un adversario sin consecuencias. No compromete, no incomoda, no cierra canales. En cambio, omitir a Trump sugiere una prudencia reveladora: no irritar a quien podría ser, si no aliado, al menos pieza útil en una ecuación más compleja. El antiimperialismo, en esta versión, deja de ser ideología para convertirse en herramienta selectiva. Una revolución que escoge cuidadosamente a quién confrontar empieza a parecer menos revolución y más táctica de supervivencia. Pero la inconsistencia más profunda no está en Washington, sino en Caracas. Cabello insiste en que, una vez levantadas las sanciones, Venezuela retornará casi automáticamente a la prosperidad chavista: salarios altos, sistema de salud ejemplar, expansión de viviendas. Es una promesa mecánica, casi ingenua: retirar el obstáculo externo y el sistema volverá a funcionar como antes. Lo que no explica —ni intenta explicar— es por qué esa recuperación no se produjo en momentos de alivio parcial de sanciones. Ni por qué un modelo que colapsó estructuralmente debería resucitar intacto. Ni cómo se justifica que, durante años de ingresos petroleros extraordinarios, no se hayan construido las bases de esa supuesta prosperidad sostenible. La revolución, en este relato, no fracasa: es interrumpida. Nunca es responsable, siempre es víctima. Más revelador aún es el desplazamiento del eje de poder. Cabello rinde homenaje a Nicolás Maduro —como exige la liturgia—, pero introduce con énfasis una nueva figura de confianza: Delcy Rodríguez. La exhortación a confiar “plenamente” en ella no suena a simple formalidad. Tiene el tono de una transferencia simbólica. Se configura así una paradoja incómoda: se exige lealtad al presidente mientras se construye, en paralelo, una fuente alternativa de legitimidad dentro del propio régimen. Es una doble fidelidad que suele anunciar transiciones, o al menos tanteos de transición. El chavismo parece explorar la posibilidad de su continuidad sin Maduro como centro indiscutible. Pero sin admitirlo abiertamente. De allí emerge otra contradicción mayor: la revolución como entidad independiente de sus propios líderes. “El camino es este. No hay otro camino”, insiste Cabello. Sin embargo, ese camino luce cada vez menos definido por una doctrina y más por una necesidad de adaptación. Si la revolución puede sobrevivir sin Maduro, si puede modular su confrontación con Estados Unidos, si puede abandonar en la práctica las políticas que la definieron —subsidios masivos, clientelismo expansivo, antagonismo frontal—, entonces cabe preguntarse qué queda realmente de ella. Tal vez solo el nombre. O, más crudamente, la etiqueta. Hay también una tensión persistente entre el llamado a la unidad y el temor implícito a la duda. La insistencia en “mantenernos unidos como una roca” delata precisamente lo contrario: la unidad no está garantizada. Nadie invoca con tanta urgencia lo que no está en riesgo. ¿Unidad para sostener qué? ¿Un proyecto coherente o un dispositivo de poder que se reconfigura sobre la marcha? Porque la pregunta inevitable —aunque cuidadosamente evitada— es otra: ¿cómo se sostiene una revolución que necesita redefinirse constantemente para sobrevivir, incluso al precio de negarse a sí misma? Quizás la respuesta no está en lo que se dice, sino en lo que se administra con prudencia. El chavismo ya no intenta transformar la realidad; intenta acomodarse a ella. Ya no busca imponer un modelo; busca negociar su permanencia. Y en ese tránsito, la revolución muta: de proyecto ideológico a estructura de poder flexible, oportunista, capaz de sacrificar incluso a sus figuras centrales si con ello garantiza su continuidad. No es una desviación. Es una adaptación. Pero toda adaptación tiene un costo. Y en este caso, el costo podría ser la disolución progresiva de aquello que alguna vez pretendió ser una revolución. Al final, lo que queda es una escena inquietante: un régimen que, en nombre de sus viejas consignas, parece dispuesto a convivir con aquello que antes denunciaba, e incluso a complacerlo si eso le permite seguir en pie. No por convicción. Sino por necesidad. Y pocas cosas son más frágiles que un poder que sobrevive renunciando, poco a poco, a sí mismo.- @humbertotweets EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University https://larazon.net/category/humberto-gonzalez-briceno

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