La identidad del venezolano es nuevamente blanco de ataque
2026-02-02 - 16:49
En el capitalismo global, la mente se convierte en un campo de batalla. A través del dominio de la mente, los grupos que detentan más poder controlan las acciones de otros grupos, nos dice van Dijk en su obra Discurso y poder. Una forma de control consiste en transmitir creencias falsas, a través de modelos mentales de situaciones, promovidos por las corporaciones mediáticas neoliberales. Desde la lingüística cognitiva, la interpretación de los hechos está condicionada por marcos cognitivos que son estructuras formadas por conocimientos que llevan mucho tiempo en nuestra mente cuyo origen proviene de nuestras relaciones primigenias, como la familia y la casa. Los modelos inoculados por los medios del capitalismo global, por ejemplo, los de la inmigración, activan estos marcos cuando interpretamos hechos relacionados con los inmigrantes. Y no somos conscientes de ello. Un ejemplo de estos modelos sustentados en creencias falsas es vincular la inmigración con la delincuencia, lo que forma parte del discurso político de los partidos de ultraderecha, en que estratégicamente representan metafóricamente a los inmigrantes como una enfermedad, amenaza, invasión o inundación. Cuando se ataca a un grupo migrante, se ataca la identidad de los miembros del país de procedencia de ese grupo. Tal como ocurrió el año pasado con los venezolanos que estaban en mora con la validación de su estatus migratorio en Estados Unidos. El ataque consistió en criminalizarlos, o en estereotiparlos como criminales, al vincularlos con bandas como el Tren de Aragua, extinta en su momento, y con el Cartel de los Soles, que nunca existió, como bien sabemos. La estereotipación consiste en atribuir un rasgo específico que es propio de un comportamiento aislado, es decir, que presentan unos pocos, a un grupo; ese rasgo negativo se generaliza como una característica dominante que identifica a todo el grupo, o, como en este caso, a los venezolanos en general. Una vez que se criminaliza, la identidad del venezolano se interpreta discursivamente como una amenaza por supuesta invasión. Esto opera en un marco cognitivo en que el país, en este caso Estados Unidos, metafóricamente es representado como una casa u hogar; y el venezolano migrante como un invasor o amenaza, o en alguien que por el solo hecho de entrar a esa casa, es objeto de repudio porque lo representan como quien genera problemas. Todo lo anterior es parte de una ideología supremacista, conservadora, en que un grupo económico dominante busca sacar provecho de otro grupo para mantener su condición de dominador y mantener al grupo objeto de agresión en una posición de sumisión a causa de represión. Criminalizar al venezolano, hasta convertirlo en un monstruo, lo que involucra deshumanización, es parte de la estereotipación para descalificar a personas por sólo pertenecer a un grupo social. En la cuarta república, el venezolano, desde su identidad, era atacado: al mismo tiempo que se le disminuían sus rasgos positivos (disposición al trabajo, receptividad y optimismo), se le aumentaban sus defectos (flojo, improvisado, resentido). Recientemente, este ataque a la identidad se intensifica con los venezolanos deportados tratados como criminales y, en consecuencia, la criminalidad se hace extensiva a todos los venezolanos. Recientemente, los venezolanos fuimos calificados de feos, por salir a las calles a pedir la liberación de nuestro presidente constitucional, Nicolás Maduro Moros, y de la primera dama, Cilia Flores, secuestrados hace un mes por la administración del presidente Donald Trump. Esta descalificación es otra forma de la manipulación discursiva, centrada en el continuo ataque a nuestra identidad. Es una forma de control que tiene como intención generar sumisión, pasando por alto que somos un pueblo indomable, valiente, que lleva en sus venas la sangre de libertadores de un continente.