La Mamita tenía una aguja clavada en su lengua
2026-03-11 - 20:18
Era un martes en la noche. Mi papá llegó a casa y se instaló en el estudio. Él siempre le dedicaba un ratito a mi perrita, le decíamos Mamita, la consentía y le llevaba algo para comer: una galleta, cualquier cosa. Era su consentida. Todo parecía normal, como siempre... pero no. Mamita hacía un movimiento raro, como una arcada, intentando vomitar, pero no era exactamente eso. Mi hermana y yo no lo notamos, pero mi papá nos dijo: «Revisen a la Mamita, está muy rara, parece que está atorada. Debe haberse robado un hueso o algo así”, e insistió: «Revísenla». La agarramos porque era una perra pequeña. Mi hermana la puso sobre sus piernas y yo le abrí el hocico, pero no vi nada raro. Mi prima, que estaba en casa esa temporada, dijo sorprendida: «Esperen, hay algo en la lengua». Y claro, por eso no encontrábamos nada en el paladar, ni entre los dientes. Aquello no era un hueso. ¡Era una aguja! Sí, una aguja clavada en la parte inferior de la lengua. Casi lloramos. Eran las diez de la noche y estábamos muy nerviosas, así que llamamos a su veterinario. Nos hizo varias preguntas y su recomendación fue: «Si pueden ver la aguja, intenten sacarla; usen pinzas, alicate o las manos. Si no pueden, tráiganmela». Nos organizamos: mi hermana la sostuvo para inmovilizarla, yo le abría el hocico y mi prima intentó con las manos, pero nada. Estaba muy clavada. Ya comenzábamos a estresarnos porque se hacía cada vez más tarde. Después de varios intentos fallidos, dejamos que Mamita se relajara un momento mientras buscamos unas pinzas de punta fina y un alicate. Una vez listas, ella ya estaba brava y no quería dejarse tocar, pero corrimos el riesgo de sus mordiscos. De nuevo mi hermana la sostuvo, yo abría el hocico y mi prima intentó primero con las pinzas, que se resbalaron, y luego con el alicate. Casi lo logra, pero la aguja estaba parcialmente clavada en la encía. Respiramos profundo, lo intentamos una vez más y ¡lo logramos! Ella era una mestiza que rescatamos de la calle bebesita, era nuestra «mamita». Mamita salió corriendo, gruñendo, y sangró un poco. La observamos y estaba bien. Llamamos al veterinario y nos dijo: «Si come tranquila y bebe agua, déjenla descansar. Si quieren, tráiganla mañana para una revisión, pero lo más grave ya lo resolvieron». Amo la tranquilidad de los veterinarios... Esa señorita había agarrado el alfiletero de mi mamá, que íbamos a botar. Lo habíamos revisado antes sin sentir ninguna aguja, pero lo encontramos debajo de un mueble. Ella, muy traviesa, lo había sacado de la basura. Qué peligro. Tenía diez meses en ese momento. Nunca más hizo algo así; creo que le bastó con la experiencia. Nos acompañó durante diecisiete años y esa historia quedó grabada en nuestra memoria por lo insólita, lo improbable y lo descabellada que fue. Si tienes una mascota, cuida la basura, porque les encanta sacar cosas, romper, jugar y saborear todo. Agradecemos que no se lo tragara, porque de haber ingerido el alfiletero, la aguja pudo haberse clavado en el tracto digestivo y, con toda seguridad, habrían tenido que operarla. Los animales no comprenden los peligros que hay en casa. Si tienen la oportunidad de robarse algo, lo harán. A partir de ese incidente quitamos la basura de su alcance. De no haberlo hecho, quizás no habría durado tanto, porque era muy traviesa con todo lo que pudiera meterse a la boca. Por cierto, mi papá supo perfectamente que algo andaba mal. Para nosotras, simplemente se había robado algo y no le dimos importancia. Ese momento representó un antes y un después: aprendimos a observar su comportamiento, sus gestos, sus señales. Y sí, funcionó. Llegamos a entenderla a la perfección. Es que ellos no pueden hablar, pero sí que pueden comunicarse, aprender a entenderlos, es parte de la tarea de ser un dueño responsable, aunque no les guste sentirse vigilados y descubiertos, hay que hacerlo. Porque es lo menos que podemos hacer para cuidarlos, por tanto amor y tan buenos momentos que nos regalan.