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La otredad fantástica

2026-03-27 - 15:14

Agua pasa por mi casa, cate de mi corazón, al que no lo adivine... Jorge Luis Borges, el autor, entre otros libros de La historia universal de la infamia, relatos de bandidos y transgresores en un barroco que le ronca el mambo, y de El Aleph, donde se da el tupé de ser personaje de un cuento especular, hay un poeta mediocre que le indica que en el sótano de su casa tiene la síntesis ilimitada del mundo para ser visto aunque no comprendido. El mismo que tenía a uno de los personajes más bellamente concebidos de las féminas en Beatriz Viterbo (la ciudad de los Papas); además, haciendo gala de su erudicción, felicitó a Pinochet por su siniestra osadía de martirizar y sacrificar a Allende; amaba, entre otras lecturas, Las mil y una noches. A Sherezade, inventando cuentos para que el sultán en la mañana de cualquier día no la decapitara. En su origen, esa monumental obra de un cuento sobre otro es persa. Algo que nos acerca al humo que sale hoy por todos lados en Oriente Medio, lleno de misiles y drones mortíferos. Claroooo, cualquiera se hubiera enamorado. Apelemos a Dante Alighieri, para que nos recuerde su vuelo eterno en La divina comedia por todos los anillos del infierno, en que casualmente estamos inmersos hoy, y su amor imposible, platónico y deseado por su otra Beatriz. La de la otredad. Tan sencillo como eso. Y El Quijote, el otro libro que amaba ilimitadamente, mientras Dulcinea envejece al lado en su lecho moribundo, después de haber luchado contra molinos de viento y decir cosas veredes a su escudero. Ese que encarnó la amistad, al decir de nuestro Aquiles Nazoa, el invento más hermoso de este mundo. El monstruo de los pantanos anaranjados anda del timbo al tambo, y como diría Gramsci, una época que está muriendo y otra que nace engendran monstruos. Lo cierto es que estamos en una guerra que llaman algunos sofisticadores de oficio cognitiva, multifactorial y difusa. Nos imaginamos que aquello que es caída y mesa limpia es su azimut. Y disculpen si no me he sabido expresar ante tanto asombro por la pernada neomalthusiana illuminati. Borges, al final de sus días, terminó ciego, y como cualquier vidente, adivinando el mundo en guerra asimétrica.

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