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La revolución chavista contra sí misma

2026-02-05 - 14:19

El chavismo ha demostrado siempre una notable capacidad para sacrificar figuras en el altar de la supervivencia. Chávez lo hizo con sus propios compañeros de ruta; Delcy lo hace ahora con los herederos del madurismo. Humberto González Briceño La revolución bolivariana, que siempre se proclamó eterna, ha entrado en su fase más paradójica: para sobrevivir, necesita desmontarse. Delcy Rodríguez, hoy presidenta, parece haberlo entendido mejor que nadie. Sus primeras decisiones no han sido cosméticas ni retóricas —ese vicio tan chavista—, sino quirúrgas. Se desarman estructuras, se corrigen dogmas, se purgan nombres. Y todo, irónicamente, en nombre de la salvación de la revolución. No se trata únicamente de una política de apertura hacia Estados Unidos ni de un gesto pragmático hacia el capital internacional, aunque ambos elementos estén presentes. Eso sería reducir el fenómeno a una lectura simplista, casi periodística. Lo verdaderamente significativo es el desmantelamiento sistemático del chavismo realmente existente: sus operadores, sus redes, su liturgia de consignas vacías. El madurismo —esa versión degradada, burocrática y punitiva del proyecto original— está siendo desalojado del poder sin estridencias, pero sin contemplaciones. Delcy no está reformando: está corrigiendo una herejía. Y lo hace con la frialdad de quien sabe que el desastre no fue accidental, sino consecuencia directa de decisiones políticas concretas. Las políticas de Nicolás Maduro no solo condujeron al colapso económico y social, sino también al aislamiento internacional más severo de nuestra historia contemporánea. Hoy, ese aislamiento es presentado por el nuevo discurso oficial como un “error táctico”, una desviación corregible. Lo que no se dice —pero se sobreentiende— es que ese error tuvo nombre y apellido. La pregunta inevitable es si este neo-chavismo —encarnado por los hermanos Rodríguez, tecnocrático, menos épico y más cínicamente eficaz— cuenta con el aval de Nicolás Maduro y de su entorno. Pero la pregunta, en el fondo, es irrelevante. Maduro tendría que admitir que su proyecto fracasó, que sus planes no solo no protegieron la revolución, sino que la llevaron al borde de la extinción. Sería una confesión improbable en un hombre formado en la infalibilidad retórica. Además, hay un dato que el nuevo relato oficial no necesita subrayar: Maduro ya no está en el poder y, con toda probabilidad, no regresará. El chavismo ha demostrado siempre una notable capacidad para sacrificar figuras en el altar de la supervivencia. Chávez lo hizo con sus propios compañeros de ruta; Delcy lo hace ahora con los herederos del madurismo. La revolución no tiene amigos: tiene fases. Lo que estamos presenciando no es una transición democrática ni una conversión ideológica. Es una mutación defensiva. La revolución, acorralada por sus propios excesos, se reinventa negándose. Desmonta sus mitos más recientes para preservar los más antiguos. Se abre al mundo después de haberlo insultado, purga a sus cuadros después de haberlos exaltado, y reescribe su historia con la serenidad de quien controla los archivos. Queda por ver si esta operación de cirugía mayor logrará estabilizar al paciente o si solo prolongará una agonía que ya dura demasiado. Tal vez el chavismo, en su versión final, solo pueda existir como negación de sí mismo. Y tal vez —solo tal vez— esa sea su forma más honesta de persistir. @humbertotweets EL AUTOR es abogado y analista político con maestría en Negociación y Conflicto en California State University https://larazon.net/category/humberto-gonzalez-briceno

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