La tierna expiación hacia los premios
2026-03-06 - 19:19
Cuando se acerque la decisión anual del Nobel de Literatura, constataremos en las páginas o secciones culturales de los medios de comunicación el nombre de Samanta Schweblin como favorita sentimental de los lectores para que se lleve el preciado galardón. Las consideraciones del jurado sueco para otorgarlo generalmente no coinciden con las expectativas de los lectores salvo raras excepciones. En el siglo pasado, Jorge Luis Borges fue candidato o, por lo menos, los admiradores del escritor de “El Aleph” sostenían que era una injusticia negárselo. “No darme el Premio Nobel se ha convertido ya en una antigua tradición escandinava”, dijo Borges en 1979 a la prensa. También se podría considerar que lo merecían Julio Cortázar, Clarice Lispector o Jorge Amado, Augusto Roa Bastos, Roberto Fernández Retamar o Miguel Otero Silva, por mencionar algunos, puesto que tenían méritos literarios suficientes. Pero la Academia Sueca miró para otro lado. En todo caso, independientemente de si lo merecían o no, son legión los lectores que por sus gustos afines terminan formando una logia que le quitan méritos al Premio en la medida que no gana a quien adoran. Ahora se sabe, desde 2017, que Borges fue descalificado en 1967 porque su obra era “demasiado exclusiva o artificial en su ingenioso arte en miniatura”, según reza el dictamen desclasificado de la Academia Sueca. Lea también sobre el mismo libro la crítica literaria Un terror sigiloso de Cósimo Mandrillo Similar situación se plantea con Schweblin —argentina con residencia en Alemania— sólo que en estos tiempos de redes sociales y algoritmos impuestos las pasiones están expuestas a la orden del día, especialmente un par de meses antes de develarse el ganador del Nobel de Literatura. Su nombre se levanta como la espuma y luego desaparece. También sucedió con Haruki Murakami, y aunque el entusiasmo no es el mismo aún se le menciona como favorito, lo que nos hace pensar que es más una campaña de presión de las editoriales que están ligadas a emporios financieros que sostienen medios de comunicación capaces de crear opiniones públicas como si estas fueran una respuesta “inocente”, “casual” y “voluntaria” de los lectores. Pero una cosa son el Premio Nobel, las campañas de opiniones públicas y otra muy diferente la obra de los escritores mencionados, que como en el caso de Samanta Schweblin puede merecer la distinción. Cada uno de sus libros, novela o cuentos, son dispositivos muy bien armados, como si fueran a detonar en algún momento. Y de hecho, detonan en cada lector porque disparan las reflexiones que nos son comunes, cotidianas. «El buen mal» (2025), su más reciente libro, contiene seis cuentos que bien podrían ser una síntesis del oxímoron del título que los reúne, y en la medida que avanzas, cuento tras cuento, se podría concluir con el refrán popular “no hay mal que por bien no venga”. Más que invenciones o ficciones, Schweblin trabaja los mecanismos del recuerdo y la culpa sobre las acciones o decisiones tomadas. En cada narración, más que terror o temor, nos revela con un hilo familiar las equivocaciones que los personajes son capaces de cometer, por miedos o dudas, certezas o torpezas, como desenlaces naturales, pero que no debieron ocurrir. El lector, si es madre o padre, hijo o hermano, vecino o amigo puede tener la experiencia necesaria para comprender que “lo más terrible se aprende enseguida y lo hermoso nos cuesta la vida”, como reza “Canción del elegido”, de Silvio Rodríguez. La virtud de estos cuentos están en la estrategia narrativa sin reiteración en la forma de contar cada historia, mucho menos en los desenlaces, porque quien narra o lee tiene la esperanza de que todo sea un sueño o pesadilla. ”Si hoy siguiera escribiendo cuentos fantásticos me sentiría un perfecto estafador; modestia aparte, ya me resulta demasiado fácil, je tiens le système [“poseo el sistema”], como decía Rimbaud”, escribió Cortázar a Jean Barnabé mientras armaba «Rayuela». La obra de Samanta Schweblin es testigo de que ella también posee el sistema. Las interrogantes y respuestas en boca de sus personajes y narradores desembocan en una tierna expiación que logra que el lector estruje sentimientos.