Lo que no sabemos que no sabemos
2026-02-20 - 13:27
En la industria nacional, incluida la del sector de los hidrocarburos, a veces se invoca la palabra «tecnología» como si fuera un talismán: se compra, se transfiere, se copia y, con suerte, se apropia. Estudios científicos realizados en nuestro país nos recuerdan que la tecnología no es un gesto, sino un sistema de decisiones que se integra en la estrategia y cuya integración conlleva una tensión inevitable, donde a mayor promesa estratégica, mayor incertidumbre organizativa y técnica que debe gobernarse con singular método. Por eso, las políticas de investigación en ingeniería, ciencia y tecnología son fundamentales, jamás un deseable valor académico, ya que convierten la ambición productiva en acciones sostenibles. En el negocio petrolero, por ejemplo, donde cada día de parada supone un alto gasto, donde el subsuelo no negocia y donde el mercado castiga la improvisación, la diferencia entre táctica y estrategia es vital. «Transferencia tecnológica» e «ingeniería inversa», por mencionar dos de las expresiones más utilizadas en la jerga diaria, pueden servir, pero son solo herramientas; mientras que una estrategia, por el contrario, consiste en construir capacidades de forma consciente para aislarse de la vulnerabilidad, sostener ventajas, anticipar sustituciones y decidir con claridad qué riesgos se asumen y cuáles se reducen. El órgano rector en materia de ciencia, tecnología, innovación y sus aplicaciones, a través del Observatorio Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación (Oncti), tiene un papel que pocas instituciones pueden desempeñar, que incluye diagnosticar el ADN tecnológico de las organizaciones con un lenguaje común para especialistas y responsables de la toma de decisiones. Enumerar equipos o patentes es insuficiente, ya que es necesario analizar los antecedentes científicos, las trayectorias de rendimiento, la difusión del uso y los actores del sector para comprender dónde se genera el valor y cómo evoluciona. En paralelo, se debe saber «observar», auditar la capacidad innovadora real, los procesos y el posicionamiento frente a tecnologías base, clave y emergentes. La receta de la salud tecnológica integra aprender a identificar las incertidumbres relevantes y reducirlas cuanto antes, corregirlas cuando resulte más económico y coordinarse antes de adentrarse en un laberinto. En el sector de los hidrocarburos, esto se traduce en la adopción de decisiones específicas como qué desarrollar localmente, qué integrar, qué adaptar, cómo equilibrar el corto y el largo plazo, y cómo convertir proyectos en capital intelectual duradero, evitando a toda costa incurrir en costosos descuidos. En síntesis, una política de investigación y desarrollo (I+D) bien diseñada es un instrumento de soberanía productiva, capaz de ordenar la inversión sin dejarse deslumbrar por la inmediatez, priorizar competencias, disciplinar la ejecución y, sobre todo, evitar que la organización confunda entusiasmo con estrategia. El camino es largo, pero si se realiza un diagnóstico riguroso y se actúa con coherencia, el éxito deja de ser algo fortuito para convertirse en un resultado previsible. Conviene recordar que el avance tecnológico rara vez se produce de forma brusca, sino que suele ser una suma de mejoras modestas y progresivas que, al converger, abren una nueva generación de rendimiento. Esa evolución está plagada de «lo que no sabemos que no sabemos» (unknown unknowns), que puede descarrilar cronogramas, gastos preliminares y expectativas si la planificación actúa como si el mundo fuera estático y altamente predecible. Por eso, la política de I+D debe institucionalizar el aprendizaje a través de carteras de opciones, hitos verificables, gestión del conocimiento y acuerdos que reduzcan la fricción entre las geociencias, la ciencia de datos, la perforación, la refinación, la digitalización, las finanzas y las compras. También implica creer en nuestras competencias y experiencias. Podemos hacer mucho antes de embarcarnos en la gran tarea nacional de transformar y relanzar el sector. Los programas tecnológicos que supervisan las tecnologías emergentes y aquellas que marcan el ritmo nos ayudarán a anticipar las sustituciones y a reducir el riesgo de los nuevos procesos. @betancourt_phd