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Los Incas como raza aria: una visión eurocéntrica

2026-02-02 - 16:59

Parte I Después del proceso de Independencia aparecen en nuestros países discursos intelectuales que postulan el origen de ario o indoeuropeo de los incas. Implican un énfasis en la idea de raza que subsume, por ejemplo,lecturas culturales del subcontinente y sirven de sustento a tesis eurocéntricas que implican la creencia en la superioridad de Europa, una idea que no está alejada de las teorías del buen salvaje y continúa de alguna forma -y ello es lo más significativo del punto- vigente en el imaginario latinoamericano. De modo que se vuelve importante una deconstrucción de tales visiones pensando sobre todo en la posibilidad actual de reivindicación histórica que vive la región latinoamericana y caribeña. Cabría preguntarse, volviendo momentáneamente al pasado, en qué medida funcionó la visión del buen salvaje en algunos intelectuales de la segunda mitad del siglo XIX, para el caso en la de argentino Vicente Fidel López y en los cronistas de períodos históricos más distantes, como, por ejemplo, el Inca Garcilaso de la Vega. Ambos atribuyeron, de manera explícita en el caso de Vicente Fidel López y de una implícita en el de Garcilaso, la condición de raza aria o indoeuropea a los incas. Valdría citar a Daniel Schávetzon cuando refiriéndose a Vicente Fidel López nos señala: “...sus estudios sobre los peruanos antiguos fueron llevándolo rápidamente a tratar de demostrar que la cultura andina era resultado de la migración de los pueblos pelasgos y griegos; en cierta medida era darle a los pueblos americanos un nivel que los hiciera aceptables en la historia universal: ahora serían “arios”, y por lo tanto, más dignos...” Pero es que ¿Acaso no están igualmente presentes atribuciones de orígenes indoeuropeos a los incas en algunas de las leyendas de los pueblos originarios? Como se desarrollará más adelante. Es indudable que tales consideraciones obedecen, en uno u otro caso, a una consideración ideológica, a un estar convencidos de la importancia de lo racial o étnico, de que un pueblo puede ser superior o inferior a otros. Delimitación acerca de lo que podría considerarse como raza aria Raza aria es una denominación que logró reconocimiento en el siglo XIX y la primera mitad del siglo XX. El origen del término se atribuye al descubrimiento de la familia de las lenguas indoeuropeas. Ciertos investigadores de la etnología del siglo XIX establecieron que todos los pueblos europeos de raza blancaprovenían de un presupuesto pueblo ario. Algunos movimientos europeos de carácter colonialista y nacionalista de la época aceptaron esta idea, en especial el nazismo alemán, que utilizó el concepto de raza aria para justificar postulados racistas y militaristas. La asociación del término ario con lo nazi ha originado que se evite usarlo, ha quedado preferencial o exclusivamente para referirse a la historia del nazismo. Por otro lado se ha establecido cierto escepticismo en relación a la propia existencia de un «pueblo ario» diferenciado (o de los protoindoeuropeos, como ahora se llama a los primitivos hablantes de una supuesta lengua indoeuropea unificada). La idea de una raza aria se origina cuando los lingüistas identifican al avéstico y al sánscrito como los parientes conocidos de mayor antigüedad de las principales lenguas europeas incluyendo el latín, el griego y todas las lenguas germánicas y célticas. Se alegó que los hablantes de aquellas lenguas se originaron en un antiguo pueblo que debe haber sido antepasado de todos los pueblos europeos. A estos ancestros hipotéticos se les da el nombre de arios, tomado de la palabra sánscrita y avéstica arya que significa «noble». Desde este punto de vista la voz ario viene a querer decir algo parecido a «europeo blanco», excluyendo a la población de origen judío y árabe, ya que sus respectivas lenguas ancestrales no pertenecen a la familia indoeuropea. Habría que acotar que en los Vedas la palabra arya no se emplea jamás con connotaciones étnicas o raciales. Todavía es empleada por el zoroastrismo, el budismo, el jainismo, así como por el hinduismo con el significado de «noble» o «espiritual», como asimismo para denominar una cualidad espiritual divina: renacido, nacido dos veces, que re-nació después de la muerte. La visión eurocéntrica en el uso del término Ario en Latinoamérica En la visión del buen salvaje, América era antes del choque con la civilización europea, un paraíso de tierra fértil pero sin tecnología, dicha visión se asocia entonces con la idea del progreso que trae o traerá la tecnología y la ciencia, y a su vez con la participación del grupo étnico portador del “orden y el progreso”, vale decir de Europa. De ahí entonces la necesidad de creer que los buenos salvajes son los buenos que representan el paraíso terrenal pero quedando implícito que necesitan ser civilizados. En este sentido, valdría citar a Aníbal Quijano: “En América, la idea de raza fue un modo de otorgar legitimidad a las relaciones de dominación impuestas por la conquista. La posterior constitución de Europa como nueva identidad después de América y la expansión del colonialismo europeo sobre el resto del mundo, llevaron a la elaboración de la perspectiva eurocéntrica de conocimiento y con ella a la elaboración teórica de la idea de raza como naturalización de esas relaciones coloniales de dominación entre europeos y no-europeos. Históricamente, eso significó una nueva manera de legitimar las ya antiguas ideas y prácticas de relaciones de superioridad/inferioridad entre dominados y dominantes.” Como anécdota significativa de posición euro-céntrica, Schávletzon comenta el interés de López de publicar en francés el libro de su autoría Les Races Aryennes du Pérou. Leur langue – leur religión – leur histoire (1871) buscando entre otras cosas, sentido de “universalización”. En esto está presente la episteme de la modernidad eurocéntrica, que concibió como única visión universal de la historia la visión europea. Fidel Vicente López, historiador de nacionalidad argentina es, hay que entenderlo, un hombre del siglo XIX, su aspiración y visión son equivocadas, creemos, por cuanto lo universal no se decreta, lo universal es constitutivo de cada pueblo. El traductor del citado trabajo fue Gastón Maspero, a quien más adelante se conocería como uno de los más importantes especialistas en Egiptología. Habría que destacar que López formó parte de una pléyade de historiadores y ensayistas entre los cuales se nombra a Manuel Orozco en México, José Victorino Lastarria en Chile, Bartolomé Mitre en Argentina. El interés por los orígenes, que en estética se expresó en la corriente costumbrista, muy de moda en el siglo mencionado, incitó a la reivindicación del pasado a partir del “nosotros” pero pensando en el “otro”, el “civilizador”. Esto significó considerar como escala obligada y jerárquica, la que iba desde los galos, pasando por sajones, iberos, germanos..., en resumidas cuentas, el origen indoeuropeo. Hablar de indoeuropeos era referirse a un pueblo especialmente dotado para la “civilización”, mito hoy día deconstruido a partir de estudios como los de Enrique Dussel, entre otros, en los que la moderna Europa, según el autor citado, es “hija de fenicios, de un semita”. En la visión de afán “civilizador, la raza como aspecto importante va a convertirse en el alegato de la visión positivista de progreso, visión en la que puso el énfasis la lingüística comparada en la cual se apoyó López. Los estudios de López se ubican también dentro de la línea lingüística de Friedrich Schlegel, autor que argumentaba que sólo las naciones de origen indoeuropeo y los pueblos vinculados a ese origen pertenecían a la historia universal. Mónica Quijada señala, refiriéndose a López: “Utilizando los principios de la lingüística comparada en la versión de Max Muller, López categorizó el quechua como una lengua “ aria o indoeuropea en una remotísima fase de aglutinación”. (...) la condición original de “aria” o “indoeuropea” que López asignaba a la lengua de los incas -aunque en su fase más remota y primitiva- implicaba que la cultura asociada con ella y la raza que la portaba, formaban parte del único grupo humano supuestamente capaz de expresar en su lengua el pensamiento abstracto y de alcanzar los estadios más altos de la civilización. Por eso mismo el Nuevo Cuzco llevaba en sí el germen de todos los desarrollos y podía asumirse como el origen de la nación argentina. Ergo, la nueva república podía y debía, por derecho propio, formar parte del grupo de naciones situadas a la cabeza de la civilización, y lo que la colocaba en esa posición avanzada no era la irrupción hispana, tan reciente en el tiempo, sino aquel remotísimo origen incaico, que le confería espesor y prosapia”. Después de la independencia de nuestra América, como acota Mónica Quijada: “...el juego siempre ha estado entre dos orígenes posibles: el universo anterior a la irrupción europea, o el que surge de ella”. Y en ese universo anterior a la irrupción europea, implícitamente sigue estando Europa como lo desea la visión de López. Parte II Los orígenes indoeuropeos o arios de los incas en los Comentarios Reales de Inca Garcilaso de la Vega En los Comentarios reales deInca Garcilaso de la Vega se refieren los orígenes incaicos al año 1100 de nuestra era. El lenguaje que se utiliza para dar fe de estos orígenes es el mismo del colonizador, hombre blanco. Él escucha y recoge la tradición incaica en la cual se narra que un héroe que tildan de civilizador, de nombre Manco Cápac, hijo del sol, fundó la ciudad del Cuzco. Manco Capac, según la leyenda, había sido enviado por el sol conjuntamente con su hermana y esposa Mamá Ocllo, con el propósito de que reuniera a los nativos a fin de convertirlos en seres “civilizados”, ya que el sol se había condolido del estado de “barbarie” en que estaban viviendo. Una idea se vuelve evidente en esto: la dicotomía entre bárbaros y civilizados, la misma utilizada por la corriente positivista del siglo XIX. Los seres procedentes del cielo habrían llegado a las inmediaciones del Lago Titicaca, ubicado geográficamente en la zona fronteriza entre Perú y Bolivia, para luego iniciar un lento peregrinaje por las altísimas llanuras del altiplano. Tenían en su poder una pequeña vara de oro. A partir de las instrucciones recibidas del sol, deberían fijar su residencia en el sitio en donde la vara se hundiera por sí sola. Una vez que arribaron al valle del Cuzco tuvo lugar el hundimiento de la vara y allí se establecieron. Ya instalados, Manco Capac comenzó a instruir a los hombres en la agricultura mientras que su hermana y esposa instruyó a las mujeres en las artes del hilado y el tejido. La gente del valle, obedeciendo las divinas enseñanzas, se convirtió en los cimientos del pueblo Inca. En poco tiempo, el aprendizaje recibido hizo a este pueblo notablemente superior a las demás tribus vecinas, convirtiéndose en la tribu dominante, lo que los llevó a extenderse más allá de las fronteras del valle del Cuzco unificando las culturas por medio de las conquistas militares. Sin perjuicio de que ideas de este tipo jerárquico puedan hallarse en otras culturas, cabe señalar el sabor eurocéntrico de estas afirmaciones, su provenir de las “entrañas del monstruo”, como diría José Martí, quien habló de que la conciencia latinoamericana se viste “ (...) con los calzones de Inglaterra, el chaleco parisiense, el chaquetón de Norteamérica y las montera de España”. De acuerdo con Inca Garcilaso de la Vega, antes de la llegada de los dos enviados del Sol, los indios del Perú vivían sin normas ni patrones de convivencia en comunidad: las personas andaban desnudas, mantenían relaciones ilícitas (adulterio, incesto) cometían homicidios, robos, etc. y es ante este desorden que el Padre Sol los envió sus delegados para que enseñasen a los hombres acerca de su dios y de las leyes y principios por los cuales habrían de regirse para vivir en «razón y urbanidad», según palabras del mismo Garcilaso. Eso de “razón y urbanidad” resuena al Manual de Carreño como expresión de una pedagogía social modernista y positivista de orden y progreso propia del gobierno guzmancista, en vividura de una afinidad de trescientos cincuenta años de supervivencia. Garcilaso no pudo aislarse de su visión eurocéntrica, pues en más de una ocasión opina de manera peyorativa acerca de los mitos que dieron origen a la cultura inca y a toda la riqueza y complejidad de sus relaciones que, en virtud de su sentido sagrado, lograron cristalizar en un modo de vida excepcional. A este respecto afirma Wachtell Nathan: «... Garcilaso (a pesar de sus propias afirmaciones) expresa menos el punto de vista directo de un indio que una reconstrucción del pasado hecha por un mestizo emigrado a España, a la luz de una cultura europea asimilada en todos sus matices.» Otras tradiciones igualmente indoeuropeas Otras tradiciones intentan echar luz sobre los orígenes incaicos, hablan de hombres indoeuropeos blancos y barbados que salieron de las aguas del lago Titicaca o incluso del mar, para “civilizar” al pueblo y hacerlo vivir en paz. La visión es coincidente con la del Inca Garcilaso. Esta leyenda, con diferentes variantes, se repite en numerosas culturas americanas de diferentes zonas geográficas, como por ejemplo en la cultura azteca, cuando se recuerda a Qetzalcoatl, el dios civilizador blanco y barbado que había llegado de oriente y un día partió prometiendo volver. Este tipo de leyendas provoca irremediablemente en muchas personas la tentación de interrogarse sobre la substancia de un anuncio que pareció o parece haberse cumplido con la llegada de los españoles, sea dicho sin reconocer el aspecto “civilizador” del argumento. Llama también la atención que una misma historia haya surgido en territorios que poco o ningún contacto tenían entre ellos. Independientemente de estas consideraciones, estas leyendas estaban llamadas a erigirse en mecanismo de manipulación ideológica eurocéntrica. Y tocan elementos míticos ancestrales del mundo sagrado de nuestros pueblos originarios aunque lo que puede decirse de estas civilizaciones es relativo, debido a que dejaron poco registro escrito y lo que conocemos de su historia y características se debe a la tradición oral, repetida y/o alterada a través de los siglos, recogida finalmente por los cronistas españoles, lo que a todas luces parece una fuente, como mínimo, pasible de errores, modificaciones, interpretaciones y demás elementos que pudieran desvirtuar la exactitud de la información.

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