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Los maestros de Simón

2026-03-01 - 03:57

El mito más divulgado es el de Simón Rodríguez como maestro predilecto de Bolívar y que supuesta-mente le impartió una educación “rousseauniana», usándolo como su «Emilio» Rafael Marrón González V Como todo hijo de ricos, Bolívar contó con maestros particulares que le impartían lecciones en su casa. Entre ellos, el presbítero José Antonio Negrete, de historia y religión; el capuchino venezolano, nacido en Parapara, Estado Guárico, Francisco de Andújar, fundador de la Academia de Matemáticas y de Dibujo de Caracas, que llegó a la capital en 1785 y se marchó a Barinas en 1799; Fernando Vides, escritura y aritmética; don Guillermo Pelgrón, latín y oratoria (aunque Bolívar jamás incluyó en sus cartas expresiones en latín, como se estilaba en la época), y un instructor de apellido Carrasco cuyo nombre no registra la historia. En Madrid fue su mentor Jerónimo de Ustáriz y Tovar, nacido en Caracas, que lo encarrilará hacia estudios más serios que tendrían una gran influencia sobre el desarrollo intelectual del futuro Libertador. Para ese momento el marqués de Ustáriz era Ministro del Supremo Consejo de Guerra, y hasta su muerte acaecida el año 1809, desempeñó importantes cargos en la corte de Carlos IV. En casa del marqués, que tenía 65 años, Bolívar se relacionó con «filosofía, literatura, historia, los clásicos de la antigüedad y los clásicos modernos», también aprendió algo de inglés, italiano y francés, idioma que ya adulto llegó a dominar perfectamente. Simón Rodríguez El mito más divulgado es el de Simón Rodríguez como maestro predilecto de Bolívar y que supuestamente le impartió una educación “rousseauniana», usándolo como su «Emilio». Esta leyenda fue difundida por el escritor francés Jules Mancini en 1912, y desde entonces ha sido aceptada como una verdad irrebatible. El historiador Gustavo Adolfo Ruiz en su obra «La Educación de Bolívar» analiza: «Bolívar no fue, entre 1793 y 1795, un discípulo especial del maestro Rodríguez, entre otras cosas, porque apenas era uno entre otros 114 muchachitos a los que debía aquel atender en la escuela Municipal de Caracas». Por otra parte las distancias a cubrir a caballo eran enormes, por lo que es un disparate pensar que era posible ir a pasear, como cuenta la leyenda, desde Caracas al lago de Valencia todos los días, cuando para ir a La Victoria se necesitaban dos días. Don Pedro Grases recopiló la siguiente cita de Simón Rodríguez con referencia al endilgado atributo de ̈maestro de Bolívar ̈ que le hiciera la sociedad neogranadina: ̈En eso de las primeras letras ya me había ejercitado un poco durante mi juventud, dando lecciones a ese hombre a quien se admira tanto, cuando él era un despabilado rapazuelo. Por eso seguramente se dice que soy su ayo: pero más que maestro, seguro que fui su discípulo, pues por adivinación él sabía más que yo por meditación y estudio ̈. Por eso contra toda la historiografía oficial y la opinión de la tradición, la verdad histórica es que Simón Rodríguez no fue el maestro de Bolívar por antonomasia, como se ha venido sosteniendo, sino que por decisión del Alto Tribunal de Caracas el niño Bolívar, que ya tenía doce años, fue llevado hasta el internado de la Escuela Pública Municipal de Caracas, donde fue uno más de los ciento catorce alumnos que debía atender diariamente el maestro y Director de la Escuela Simón Rodríguez y que funcionaba en una destartalada e incómoda casa, situada entre las esquinas de Cují y Romualda, que a la vez le servía de residencia a una multitud conformada, según inspección ocular practicada por un tribunal de la Real Audiencia en agosto de 1795, por Rodríguez y su esposa María Ronco, su hermano de crianza Cayetano Carreño y su mujer María de Jesús Muñoz y un hijo recién nacido; además de los suegros de los dos hermanos y sus dos hijas menores; don Pedro Piñero y un sobrino, tres criados y cinco pupilos internos. Allí, después de un intento de fuga, Bolívar permaneció diez semanas, regresando por voluntad propia al hogar de su tutor Carlos Palacios. Su afirmación referente a haber sido alumno de Simón Rodríguez y de Andrés Bello, éste último era para 1825 Secretario de la Legación de la Gran Colombia; y su alusión a la preocupación de su familia por su educación: “... no es cierto que mi educación fue muy descuidada, puesto que mi madre y mis tutores hicieron cuanto era posible porque yo aprendiese”, pudo ser una defensa legítima ante el intento de restarle méritos por su falta de preparación académica. Recordemos que Bolívar estaba en una región de antiguas Universidades, a Lima la llamaban el Madrid de América, y muchos de sus subalternos y rivales políticos eran egresados de ellas. Bolívar, que se encuentra en Perú, necesita amigos incondicionales en aquella tierra extraña, que no termina de aceptarlo, amigos intelectuales a quienes exhibir como maestros y ductores de su lejana infancia, y a quienes confiar su obra de gobierno, Sucre solo no basta. Su estado de ánimo es febril, espera infructuosamente tropas de Chile, Buenos Aires, Guatemala y México y hasta al propio Bernardo O ́Higgins que se encontraba en Perú, pidió auxilio, pero nadie se interesó por sus clamores. Y desde Bogotá, cuyas arcas se encontraban quebradas, no terminan de llegar los auxilios, se desespera. Escribe incesantemente, necesita doce mil hombres armados y bien apertrechados, los españoles tienen veintidós mil, amenaza con abandonar la campaña si el Congreso peruano no autoriza el dinero para los gastos. El primero de enero había desembarcado en Pativilca enfermo, allí en esa insalubre región, tomando agua de charcas, se contagió con la amibiasis que mal curada se le enquistó en el hígado y le ocasionaría la muerte seis años después. Durante siete días luchó por su vida. Joaquín Mosquera fue a visitarlo: «Encontré al Libertador ya sin riesgo de muerte del tabardillo (fiebre tifoidea) que había hecho crisis; pero tan flaco y extenuado que me causó su aspecto una muy acerba pena. Estaba sentado en una silla de vaqueta recostada contra la pared de un pequeño huerto, atada la cabeza con un pañuelo blanco. Sus pantalones de jin me dejaban ver sus dos rodillas puntiagudas, sus piernas descarnadas. Era su voz hueca y débil y su semblante cadavérico. Tuve que hacer un esfuerzo para no largar mis lágrimas y no dejarle conocer mi pena y mi cuidado por su vida». Mosquera se percata de la desesperada situación militar de Bolívar, «y con el corazón oprimido, temiendo la ruina de nuestro ejército, le pregunté: -¿Y qué piensa usted hacer ahora? Entonces avivando sus ojos huecos, y con tono decidido, me contestó: -¡Triunfar!». Continuará. EL AUTOR es escritor, poeta, historiador, docente y comunicador social. Autor de varios libros. Es, además, el presentador oficial del noticiero estelar de Washington TV. @RafaelMarron https://www.youtube.com/@Washingtontv1

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