Los therians y la animalización (1)
2026-03-11 - 12:39
Relatos de unas supuestas personas que se autoperciben como animales invadieron —extrañamente— los titulares de diferentes medios de comunicación. Falsas convocatorias a eventos therians fueron difundidas en redes sociales y un montón de gente mordió el peine asistiendo a ver una “comunidad” que seguramente está siendo sobredimensionada por los sensacionalistas. La euforia therians llegó, se posicionó y luego se desinfló por la falta de realidad, pero lo que sí quedó claro es que las redes y los medios tienen el poder de hacer que los distraídos hablen de cualquier babosada que se les ocurra inventar. ¿Cortina de humo para evitar otros temas realmente importantes? Sí, muy probablemente este falso positivo engrose la lista de las necedades que se difunden para distraer la atención de los infoentretenidos, gente que no quiere informarse de los temas serios, pero que le encanta estar en la ola trending de los temas “populares”, faranduleros, del showsito viral para no estresarse. En estos tiempos cuando los contenidos cortos le fríen las neuronas a tanta gente, entorpeciendo sus capacidades para comprender textos largos, muy pocos asociarán la estrategia de los therians con un conjunto de iniciativas que casualmente adelanta la industria del entretenimiento desde hace mucho tiempo: La animalización real de los jóvenes, el embrutecimiento programado, el envilecimiento de los más chamos para neutralizarlos de por vida y reducirlos a ser unos entes ansiosos, paralizados por el miedo. Desde la programación de los algoritmos para hacer a sus usuarios adictos a las redes sociales, encontramos un factor común con un objetivo sistemático que trabajan los dueños de medios y RRSS: promover masivamente contenidos que exciten el llamado cerebro reptil. Desde “La Bichota” con sus enfermizos contenidos y alusiones explícitas a las relaciones íntimas, pasando por Bad Bunny con sus letras de cañería exacerbando las glorias de un patán que cuenta todo lo que hace con sus mujeres en el VIP, los ritmos repetitivos, desprovistos de todo arte, apuntan hacia la misma dirección: normalizar la animalización de niños y jóvenes. Ya Hollywood había hecho lo propio con escenas hiperviolentas y estrellas supersexys que se convierten en símbolos; la supervivencia y el cerebro reptil son el objetivo.