Narrativas para justificar guerras injustificables
2026-03-16 - 15:49
Narrar lo sucedido nos permite comprender el mundo. Las narraciones breves nos facilitan la interpretación de los hechos. Es una forma de encontrar sentido a las acciones llevadas a cabo por participantes: cada uno asume un rol. Esto facilita la interpretación de la realidad o de lo que percibimos por ella. Al ser la narración, algo tan familiar, las narrativas son altamente persuasivas y hasta se transforman en una estrategia de manipulación: simplifican la realidad una vez que hacen lo complejo fácil de entender, constituyen una forma de argumento que se apoya en metáforas, que están un nuestro cerebro, las cuales desde un marco moral operan como telón de fondo y, en el caso de justificar guerras, representan la lucha entre bien y el mal, entre el bueno y el malo. Así, las guerras, muy cuestionables por los crímenes que vienen con ella, se justifican en una relación de coste y beneficio. En esta narrativa prototípica, hay tres personajes: el héroe, el villano y la víctima, para hacer ver la guerra como justa, inevitable e inexorable, un asunto del destino. Esta estructura narrativa fue utilizada por Bush en 1991 para representar la intervención militar estadounidense como justa en la Guerra del Golfo, en un escenario en que Saddam Hussein se transformó en una amenaza para la economía, pero tenía mayor aceptación si lo hacían ver como el diablo o el malo de partida, el propio villano pues. Esta guerra se conceptualizó en la metáfora de la Guerra Justa, estudiada por el lingüista Lakoff, y a uno de los principales ataques de la coalición internacional liderada por EE. UU. se le llamó metafóricamente Operación Tormenta en el Desierto. Y la tormenta, en la religión cristiana, simboliza una prueba o adversidad en la que se cuenta con la protección divina para controlar el caos y, en consecuencia, vencer el mal. El héroe era el presidente Bush padre porque protegía la libertad, los inocentes, etcétera, ya sabemos cómo conceptualizan la libertad en territorios con muchas reservas de petróleo y minerales. El villano, Saddam Hussein, satanizado y demonizado. La víctima, Kuwait, en el momento en que la invasión perpetrada por Irak se concibió como un crimen, pero pasó inadvertida la situación de la desestabilización del suministro de petróleo por el bajo precio en que se cotizó el crudo perjudicando la OPEP por esto y en la que Irak tuvo bastantes pérdidas. De igual manera, en la invasión a Irak por EE. UU., en 2003, Hussein se transformó en un villano; se mintió porque se dijo que tenía armas de destrucción masiva; Bush hijo en el héroe junto a Estados Unidos, y el pueblo iraquí en la víctima. Y, de ese modo, se justificó la invasión la invasión a Irak y después el asesinato de Saddam H. Recordemos también el final que tuvo el líder libio Gadafi para favorecer un cambio de régimen en Libia, pero ya sabemos cómo quedó Libia después de la invasión. Esta retórica hecha narrativa ha permitido a gobernantes estadounidenses justificar acciones bélicas, intervenciones militares, asesinados y secuestros, observables a través de la historia reciente y hasta en el presente. El pasado 3 de enero, el presidente constitucional Nicolás Maduro, junto a la primera dama, Cilia Flores, fue secuestrado, convertido en prisionero de guerra. Se le acusaba de narcotráfico, calificación que, como bien sabemos, fue eliminada, lo que dejó sin efecto la narrativa recurrente del Cartel de los Soles. En esta narrativa, al presidente Maduro se le atribuye el papel de villano, caracterización que opera cuando un gobernante se transforma en amenaza, en un enemigo muy hostil, por razones económicas que se hacen ver como morales para que acciones viles sean toleradas. Esta construcción discursiva como el malo de la partida permite justificar violaciones al Derecho Internacional porque se presentan como algo que había que hacerse: los malos tienen que ser castigados, aunque estos, fuera del cuento envenenado, resulten ser los buenos, los que luchan por la soberanía de los pueblos.