Niños y el bombardeo
2026-01-26 - 15:22
Cuando un niño vive un ataque aéreo su organismo entra en estado de estrés tóxico al dispararse los niveles de adrenalina y cortisol. También puede quedar atrapado en un modo de supervivencia permanente, entrando en pánico ante el ruido de un motor o el trueno de la lluvia, ya que su radar biológico está condicionado para reaccionar a cualquier señal que indique peligro. Para los niños, más allá del bombardeo, la mayor tragedia es haber sentido la vulnerabilidad de sus padres, cuidadores y figuras de referencia. Verlos llorar y sentir miedo, rompe su esquema de protección simbólica de figuras con superpoderes en los que confían. Esta pérdida de confianza básica puede derivar en comportamientos regresivos como hacerse pipi en la cama, chuparse el dedo, tartamudear o sumirse en el silencio. A pesar del horror, la resiliencia infantil puede ser extraordinaria si se cuenta con el apoyo adecuado para reconstruir su estructura de seguridad. Esta reconstrucción se logra integrando el evento de forma segura, no “olvidando” o tratando de hacer ver que “no pasa nada”. Uno de los caminos para la sanación debe ser estructurar rutinas y horarios para comer, dormir, asistir al colegio, como indicadores del final del caos. Permitirles expresar su miedo a través de dibujos o juegos simbólicos. Sus “juegos de guerra” no significan violencia, sino su forma de drenar angustia y procesar un evento que lo supera. Asimismo, los adultos de su entorno deben transmitir calma y seguridad.