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Paralelismos

2026-03-10 - 12:58

Antes de llegar a la Cancillería de la República de Weimar, Adolfo Hitler enfocó toda su loca energía para profundizar la crisis política, económica y social que vivía Alemania tras la I Guerra Mundial. El frustrado pintor austríaco se valió de la traición, la mentira, la extorsión, la manipulación, la violencia y el terrorismo para llegar al poder. Su objetivo: instaurar el III Reich, un poderoso imperio europeo con su espacio vital garantizado. Donald Trump copia a Ronald Reagan y retrotrae la añoranza de volver a los años dorados de mediados del siglo pasado, cuando la hegemonía estadounidense no tenía rivales. Esta vez el imperio quiere todo el globo, aunque muchos de sus seguidores digan que la tierra es plana. Hitler y sus compinches fabricaron expedientes en contra de socialistas y comunistas, para alimentar el miedo de las clases medias y altas ante el “bolchevismo” de la aún joven Unión Soviética. Persiguieron, recluyeron en campos de concentración y asesinaron a judíos, gitanos, polacos, rusos, serbios, personas con discapacidad, homosexuales. El movimiento Maga (Make America greate again), colectivo en el que hay de todo un poco (antivacunas, negacionistas del cambio climático, creacionistas extremos, tierraplanistas), es su punta de lanza. En este tiempo que vivimos, son los inmigrantes tercermundistas la amenaza que hay que enfrentar, la invasión silenciosa por derrotar. Las redes sociales —empresas de blancos supremacistas— ayudan a hacer el trabajo, como Joseph Goebbels hizo el suyo para apoyar al fürher. Los nazis querían una nación con fronteras más anchas, llena de ciudadanos blancos y sin defectos. Los trumpistas quieren algo bastante similar. La ultraderecha estadounidense mira el futuro en el reflejo del retrovisor. Y no son los únicos. También en España, por ejemplo, hay políticos del Partido Popular o Vox que añoran las décadas oscuras de la dictadura de Francisco Franco. Entretanto, otra agresión trumpiana sigue su curso ante la inoperancia de la Organización de las Naciones Unidas y la pasividad de las otras potencias. Eso también sucedió con Hitler, porque las naciones que podían ponerle freno, prefirieron apostar por él (¿en secreto?) como rudo y eficaz adalid antisoviético.

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