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Poética posthumana: Camus y la idea del absurdo

2026-03-02 - 17:38

La idea existencialista del absurdo, volcada sobre la inercia de la era digital, sigue cobrando plena vigencia. En efecto, creo que tanto la sobreinformación como la automatización del mundo constituyen dos realidades que condicionan el minutero doméstico del presente. Y por eso diría, de acuerdo con Albert Camus, que el absurdo no se ha extinguido. Parece, en realidad, que se ha vuelto sofisticado, que ha cambiado su antiguo disfraz y que, lejos de representar las galas de un apocalipsis metafísico, se nos presenta hoy desde la forma engañosa y apacible del scroll infinito. Por tanto, si Camus pudo diagnosticar el divorcio entre el deseo humano de unidad y el silencio incontestable de la existencia, yo sospecho que, actualmente, el absurdo ha sido reemplazado por un estruendo de vida quieta dentro de las pantallas. Y, paradójicamente, hoy es ese ruido tecnológico el que conseguiría neutralizar el abominable escándalo del sinsentido, aunque, en rigor, todos sabemos que no lo elimina, sino que lo transforma en la sugestiva ligereza de un hábito táctil que funciona como analgésica dosis de mantra cotidiano. Cabría preguntarse entonces: ¿somos cada uno de nosotros pequeños Sísifos con smartphone? La formulación del interrogante exige un profundo murmullo de lamento. Tal vez incluso un luto. Pero no sé si estamos dispuestos a concedernos semejante indulgencia (de hecho —y esto lo supo bien el desencantado Francisco de Quevedo— a menudo la prisa no lo permite). En el mito de Sísifo, este se ve obligado a empujar una enorme roca hasta llegar a la cima escarpada de una montaña para, finalmente, y cumplido ya el objetivo, volver a reiniciar sus ingentes esfuerzos en un ciclo de eterna repetición. La deducción lógica que podemos extraer del pensamiento de Camus guarda relación con imaginar a Sísifo, pese a todo, feliz. Porque se trata de una apuesta ética, es decir, de una estrategia para enaltecer el alma en medio de la insalvable putrefacción del absurdo. Sin embargo, mientras deslizamos el dedo por la superficie táctil de nuestros dispositivos, generamos una coreografía mínima que se repite mientras hay vida. Y me asombra comprobar que la piedra ha sido sustituida por un material que se actualiza mediante descargas y tarifa plana, que se compone de enlaces de información y química atómica y que promete un caudal inagotable de representaciones que confirman nuestro sesgo personal. Esto explica, para un escéptico como yo, que el infinito sea un sabotaje: un sabotaje de la pausa en los paisajes, de la concentración de Miguel Ángel, de Beethoven, de Capablanca, de los 14 versos de un soneto que reclaman armonía. Dijo Aristóteles a propósito del ser que este se manifiesta desde un gran catálogo de maneras y esencias. Y yo me atrevo a añadir que el absurdo experimenta idéntica morfología. En la postmodernidad, sustentada gracias al triunfo de la supuesta perfección del algoritmo, la coherencia significa un valor sobrestimado. Y según me parece, esto responde al hecho de por qué se acepta, acaso puerilmente, que la experiencia vivencial pueda conservar toda su potencia y toda su magia aun cuando se fragmenta en flashes, en selfis, en ofertas de escaparate, en fantasmagorías propias de gasolineras avistadas a lo lejos y que únicamente prometen abastecimiento, y no destino. Si el existencialismo filosófico y literario que practicaba Camus postulaba que la conciencia debe firmar su revolución ante cualquier proceso alineador, ahora somos testigos de un proceso más sutil, amable y luminoso: aquel en el que vemos en la penumbra soleada el recorte de nuestra silueta, aquel donde el bostezo ante la pantalla destrona el grito trágico del vacío existencial. Y ahí late la paradoja, en el bobo conato de querer volar sin alas, en un tiempo sin tiempo, con la creencia de que lo trascendente está al otro lado del clic. Pero no quiero transitar los tópicos de un apocalipsis fácil ni caer en la vulgar superstición de que todo pasado fue mejor. En este sentido, me posiciono muy próximo de Baudelaire, que recelaba del progreso como quien analiza un amuleto de dudoso origen y localiza la falla que devalúa el producto. Pero tampoco el actualisimo presente es el paraíso que ha devorado la sangre de sus dioses. En el ámbito de lo cultural siempre hay, forzosamente, una red de intersecciones. El tejido verbal que llamamos tradición tiende metabolizar y sopesar la eficacia de sus soportes y sus dinámicas, y esto se ha comprobado, por ejemplo, en el tránsito del códice a las cuartillas, del punzón al grafiti, de la escritura analógica y la tinta incierta al devastador fulgor de la tablet o el móvil en medio del insomnio. Cierto es que el libro, aun con su techumbre de tapa dura, tampoco garantiza la verdad, ni la exquisitez ni el buen descanso. Rimbaud, que aspiró de adolescente a la luz del paraíso del lirismo y que acabó en su madurez por echar horas en la recogida de algodón bajo las brasas desérticas del infierno, supo intuir que el pensamiento puede arder en cualquier hoguera, sin reparar tanto en el combustible que alimenta la llama. Sin embargo, sucede lo mismo cuando el rito de poner la lavadora o planchar la camisa se intercala, sin solución de continuidad, con la lectura atenta de una tragedia o, si se prefiere, con las fricciones del amor cortés transmutado en emoticonos. Pero por qué, me pregunto, esta rara sensación de engaño, de aquí la sangre se nos escapa entre apariencias. Es decir, ¿dónde queda el placer que Camus encontraba en la necesaria lucidez de la revolución personal? Si Sísifo, al término de la jornada, desciende desde el asfixiante vértigo de la cima montañosa con la percepción de tener anulado su destino, nosotros descendemos por la hipnosis del scroll sin castigo visible, sin drama declarado, y, pese a ello, con fatiga crónica y ojeras y ansiedad a borbotones. De lo que se infiere que la automatización, en tanto que sofisticado concepto posthumano, ha introducido el absurdo a la rutina, lo ha hecho frívolo, lo ha vuelto acontecimiento diario como pueda serlo el freír un par de huevos o consultar el parte meteorológico. Así pues, la poética del absurdo, que en Camus exigía una ontología de maniobra frente a los límites, se ha extendido hacia mitologías digitales, donde el logos, lentamente, va cediendo su estatuto ante la desvirtuación constante de la proyección del yo. No sé yo si esta circunstancia es irreversible. Por de pronto, dudo de que ocurra una insurrección masiva de ociosos voluntarios que, como vagos y maleantes de nuevo cuño, opten por apagar el dispositivo de turno y decidan escuchar ese arrullo del aire de siempre y nunca. Pero lo que sí me parece es que si queremos neutralizar la alienación (y más aún como docentes universitarios) debemos preguntarnos qué puede significar hoy enaltecer la vida. Y no hay que hacerlo solo a voces, en formación de corrillos de pasillo o en la mesa redonda de seminarios y congresos, sino en el íntimo recogimiento del anacoreta que todos somos antes de dormir. Puede que el Sísifo contemporáneo, más que empujar una inmensa piedra, esté destinado a dejarse contaminar por un poderoso flujo de datos que conforman la idea del tiempo sin tiempo, la tortura de la actualización permanente que nos desplaza del ahora. Pero mientras vivamos hay una rebelión humilde y posible que se efectúa al abrir un libro, al leerlo y, sobre todo, al releerlo. Podemos arriesgarnos a empujar (sin anular la penumbra soleada de la era digital) una piedra luminosa que nunca deja de caer. Un libro que, al caer de mano en mano, instaure otro reino de equilibrio en las anotaciones garabateadas al margen. Una página donde diga (y aquí va mi superstición privada) qué espera nos merece el valor que perseguimos. Y también qué definición damos, en última instancia, a lo que de verdad es importante.

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