¿Por qué está desapareciendo el sentido común?
2026-03-09 - 12:47
Vivimos en una época de contrastes profundos. La humanidad nunca antes había tenido un acceso tan inmediato a la información, y sin embargo, nunca antes habíamos sentido tanta perplejidad colectiva. Asistimos a diario a decisiones que desafían la lógica más básica, a interacciones donde la empatía brilla por su ausencia y a comportamientos sociales que oscilan entre lo irracional y lo autodestructivo (como por ejemplo el suicidio de jóvenes). En este contexto, resurge con fuerza una pregunta incómoda: ¿Por qué está desapareciendo el sentido común? Lejos de ser una mera impresión nostálgica, la sensación de que este «saber compartido» se erosiona responde a transformaciones estructurales profundas. El sentido común, definido por el filósofo Henri Bergson como «la facultad para orientarse en la vida práctica» se ha ido desintegrando de múltiples formas. ¿Qué es realmente el sentido común? Para entender su crisis, primero debemos comprender su naturaleza. El sentido común no es una verdad universal ni un conocimiento científico. Es un conjunto de saberes, reglas, normas e información de la cual somos portadores y reproductores. Con la llegada de la Ilustración, el concepto adquirió una dimensión social. El sentido común se convirtió en el cemento de la cohesión social, ese conjunto de acuerdos tácitos que nos permite hacer una fila sin explicaciones, ceder el asiento a un embarazada o saber que no debemos tocar una superficie ardiente. Sin embargo, como advierte el refrán popular que Voltaire popularizó, «el sentido común es el menos común de los sentidos”. Y hoy, esa rareza se ha convertido en una ausencia clamorosa. En otras palabras, sentido común es saber que poner la mano sobre el fuego e peligroso, que a niños de dos años no se les puede dejar solos, que a los niños se les deben fijar límites y ellos deben aprender a gestionar sus sentimientos de frustración como educación para la vida, que un celular en manos de niños es generar una adicción como a la heroína. Pero esto se ha perdido por varias causas. El sentido común no es un don divino, sino un constructo social que se aprende y se transmite. Por lo tanto, para entender su crisis, debemos observar dónde y cómo se gestaba ese aprendizaje. Y ahí descubrimos un doble fenómeno: por un lado, el debilitamiento y la desaparición de las instituciones que lo impartían (la familia y la escuela) y su substitución por las pantallas; por otro, la emergencia de condiciones de vida, como la pobreza y la marginalidad, que hacen del «sentido común» tradicional un lujo inaplicable o una herramienta inservible para la supervivencia. La pobreza y la marginalidad: cuando el sentido común es un lujo de clase. El primer error al analizar la desaparición del sentido común es tratarlo como una variable independiente de las condiciones materiales de existencia. El sentido común del que hablamos —ese que dicta «ahorra para el futuro», «planifica a largo plazo» o «sigue las normas establecidas»— es, en gran medida, un sentido común de los restos de una clase media estable. En contextos de pobreza estructural y marginalidad, la vida se rige por una lógica diferente: la de la supervivencia y la del inmediatismo. Cuando el futuro es incierto y el presente es hostil, la planificación a largo plazo puede parecer un ejercicio absurdo. La urgencia del día a día anula la capacidad de proyectarse, y las normas del «mundo formal» (pagar impuestos, respetar horarios, acudir a instituciones) se perciben como barreras impuestas por un sistema que, precisamente, margina a estas poblaciones. La marginalidad no solo empobrece económicamente, sino que erosiona lo social y cultural. En un entorno donde la palabra de la autoridad (el Estado, la policía, el juez) ha sido históricamente una fuente de ambivalencia más que de protección, ¿qué sentido tiene confiar en esa autoridad? El resultado no es una ausencia de sentido común, sino la creación de un «sentido común paralelo»: el de la calle, el de la supervivencia, el del rebusque, que a menudo choca frontalmente con el sentido común institucional. La desaparición del sentido común compartido es, en este sentido, el reflejo de una sociedad fracturada en varias realidades que ya no se reconocen mutuamente. La pérdida de la familia como institución reproductora de valores Durante siglos, la familia fue el primer taller de humanidad. Era en su seno donde se transmitían, muchas veces de forma inconsciente, las normas básicas de convivencia: saludar, respetar el turno, pedir permiso, disculparse, cuidar de los más débiles. Más que discursos, la familia transmitía hábitos. El «sentido común» se internalizaba viendo hacer a los padres, en la repetición de rutinas y en la corrección cotidiana. Hoy, esta institución está en crisis. No se trata de una defensa nostálgica de un modelo de familia único (que nunca existió), sino de constatar un hecho sociológico: la familia ha dejado de ser un espacio estable de transmisión. Se ha vuelto un no espacio. Las causas son múltiples: – La precariedad laboral: Padres y madres que trabajan jornadas exhaustivas o múltiples empleos tienen menos tiempo y energía para la crianza y la transmisión pausada de valores. – La disolución de las redes de apoyo: La familia extensa (abuelos, tíos) que antes colaboraba en la educación y el cuidado, se ha fragmentado geográfica y emocionalmente. – El reemplazo por pantallas: En muchos hogares, la televisión o la tablet se han convertido en las «niñeras» y, por tanto, en las principales transmisoras de «sentido común» digital, que poco tiene que ver con la convivencia física. Cuando la familia falla como primer filtro social, los niños crecen sin un piso mínimo de normas interiorizadas, y esa tarea recae en otras instituciones que también están en crisis. La pérdida de la escuela como espacio de socialización normativa Tradicionalmente, la escuela fue la institución que continuaba y complementaba la labor de la familia. Si la familia enseñaba los primeros hábitos, la escuela enseñaba la convivencia con el otro no elegido. Era el lugar donde se aprendía a respetar un horario, a aceptar una autoridad imparcial (el maestro), a esperar turnos y a comprender que existen reglas y consecuencias que aplican para todos por igual. La escuela fabricaba ciudadanos. Hoy, la escuela también está en crisis como institución normativa. Varios factores confluyen: – La pérdida de autoridad docente. El profesor ha pasado de ser una figura de respeto social a ser un mero proveedor de servicios o llenador de tiempo, cuestionado constantemente por familias y alumnos. – La burocratización y el enfoque en resultados. La obsesión por las calificaciones y los indicadores de éxito ha desplazado la función formadora. Se educa para aprobar exámenes, no para convivir. – La reproducción de la desigualdad. En contextos de marginalidad, la utópica escuela no logra compensar las carencias del hogar. Se convierte en un espacio de contención precaria, pero no en un verdadero motor de movilidad social ni de transmisión de un sentido común compartido. La combinación de una familia ausente o inexistente y una escuela desautorizada o desbordada genera un vacío normativo en millones de niños y jóvenes. El vacío institucional: ¿Quién genera hoy las normas? Llegamos así al punto clave: actualmente no hay ninguna institución que genere normas con la suficiente fuerza y legitimidad como para crear un sentido común colectivo. Las instituciones tradicionales (familia, escuela, Iglesia, Estado) han perdido su monopolio sobre la transmisión de valores. En su lugar, han emergido nuevos «educadores» que no tienen ningún interés en el bien común: – Las redes sociales y los algoritmos no generan normas para la convivencia, sino para el consumo. Su «sentido común» es el de la viralidad, la inmediatez y la polarización. – El mercado propone un sentido común basado en el individualismo posesivo: «eres lo que tienes», «consume, luego existes». La norma es la satisfacción inmediata del deseo. – Las subculturas digitales ofrecen microclimas de sentido común, pero son realidades paralelas y fragmentadas que no dialogan entre sí y se agotan después de un tiempo. Este vacío institucional es el caldo de cultivo perfecto para la desorientación. Sin un faro común, cada individuo navega a la deriva, guiado por impulsos o por las corrientes algorítmicas más fuertes. La dictadura del algoritmo y la sobreinformación (el agravante digital) Sobre este suelo abonado por la pobreza y el vacío institucional, actúa la tecnología. Las plataformas digitales crean «la infraestructura de la distracción». Su modelo de negocio se basa en extraer nuestra atención, fragmentando nuestra capacidad de reflexión pausada que el juicio sensato requiere. Además, los algoritmos no están diseñados para fomentar el consenso o la mesura. Prosperan con la emoción negativa —indignación, miedo y resentimiento— porque genera más interacción. El resultado es la polarización extrema y la creación de cámaras de eco donde la idea de una realidad compartida se desvanece. Conclusión: ¿Podemos recuperar el sentido común? La desaparición del sentido común no es un capricho cultural ni una simple moda pasajera. Es la consecuencia lógica de un sistema que ha precarizado la vida, debilitado los vínculos humanos y delegado la educación en algoritmos. Recuperar el sentido común implica, por tanto, acciones de gran calado: Combatir la pobreza y la marginalidad. Porque no se puede construir un proyecto de vida común sobre el abismo de la desigualdad. La inclusión social es el primer paso para la inclusión normativa. Fortalecer y repensar las instituciones. Urge devolver a la escuela su función formadora y apoyar a las familias con políticas de conciliación, empleo digno y redes de crianza comunitarias. Necesitamos instituciones que vuelvan a ser espacios de encuentro y transmisión. Reconstruir lo comunitario. Fomentar espacios de relación real donde las personas tengan que negociar, acordar y convivir más allá de las pantallas. Regular el entorno digital. Exigir responsabilidades a las grandes tecnológicas, que hoy actúan como instituciones sin asumir ninguna de las obligaciones que conlleva la formación de ciudadanos. Pero estas son perspectivas que deberían desarrollarse pero poco probable que se inicien y sean consecutivas. Nuestra experiencia cultural nos muestra lo contrario. En definitiva, el sentido común no es más que la sabiduría acumulada de una sociedad para navegar la complejidad de la vida cotidiana. Si queremos recuperarlo, debemos reconstruir los puentes —materiales, familiares, educativos y sociales— que lo hacían posible. Sin un suelo común de experiencias, de justicia y de normas compartidas, el sentido común seguirá siendo, como advertía el refrán, el menos común de los sentidos.