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¿Puede tener mi perro o mi gato algo como el Alzheimer?

2026-03-07 - 19:38

Tengo un perro que se llama Leo. Lo rescaté hace once años de la calle, cuando era un cachorro, estaba tan flaquito que cabía en mi morral y sobraba espacio... aunque hoy pesa casi treinta kilos se adueñó del sillón, como si lo hubiera comprado a su nombre. Hasta hace unos meses, Leo era el más escandaloso de la cuadra: ladraba cuando el vecino entraba o salía, perseguía a los gatos del patio, exigía su cena a su hora, ni un minuto más, ni uno menos, con una puntualidad que haría envidiar a cualquier reloj suizo. Hoy, todo es distinto, a veces se queda parado en medio del pasillo. Mirando la pared. Sin moverse. Al principio pensé que era un problema de la vista... pero no. El veterinario me explicó algo que cambió las reglas del juego. Se llama Síndrome de Disfunción Cognitiva. Y tú dirás, ¿Qué es eso? En pocas palabras, algo muy parecido al Alzheimer, pero en animales. No es una metáfora, es biología. En el cerebro de perros y gatos con esta condición se han encontrado los mismos tipos de depósitos y cambios que se describen en personas con demencia. Pérdida de neuronas, alteraciones en los mensajeros químicos del cerebro, deterioro que avanza lento, pero avanza. No es que «ya están viejos y así son»... es que su cerebro, literalmente, está cambiando. En perros puede empezar a notarse desde los ocho o nueve años. En gatos, un poco más tarde, generalmente después de los diez o doce años. Y no, no es culpa de la raza, ni del dueño. Es simple, vivir más tiempo deja la posibilidad de que el cerebro muestre desgaste. El mismo privilegio de envejecer tiene su precio. Puede golpearse tratando de pasar por algún lugar, estar todo el día acostado en el porche y solo está allí, tranquilo ¿Cómo saber si lo que ves es «normal» o algo más? Aquí viene la parte difícil. Porque muchas señales son fáciles de ignorar, de normalizar, de atribuir simplemente a que «ya está grande.» ¿Tu perro se pierde en casa? ¿Se queda un rato mirando la pared, o no encuentra la puerta que abría todos los días? ¿Duerme de día y de noche deambula inquieto, como si no supiera qué hora es? ¿Empezó a orinar dentro de casa sin ninguna otra causa médica aparente? Todo eso y más, puede ocurrir y hasta puede parar en los gatos. ¿Tu gato dejó de usar el arenero de repente... y pensaste que estaba siendo «difícil»? ¿Vocaliza mucho por las noches, con un maullido que no reconoces? ¿Se muestra más irritable, más distante, o por el contrario, pegado a ti de una manera inusual? Ninguna de esas cosas es capricho. Ni rebeldía. Puede ser confusión. Y eso cambia bastante la manera en que uno reacciona. Comprender que hay un deterioro y que esas molestias en la madrugada, no son malcriadez, ni rebeldía, hay algo que ocurre en silencio. ¿Tiene cura? No. Y conviene saberlo con claridad, sin rodeos. No existe una pastilla que revierta el deterioro cognitivo en animales, igual que no existe en humanos. Pero sí hay manejo, tratamientos que pueden ayudar a estimular un poco la función cerebral de nuestros animales y lo más bonito, es que también hay cosas simples que podemos hacer. El veterinario puede indicar medicamentos que ayuden a la función cerebral, dietas especiales con antioxidantes y ácidos grasos, suplementos neuroprotectores... Pero igual de importante, o más, es el entorno. Mantener rutinas fijas. No cambiar los muebles de lugar de repente. Poner una luz tenue en el pasillo por las noches para que no se desoriente. Poner rampas si le cuesta subir. ¿Parece poco? No lo es. Para un cerebro que ya no procesa igual, la predictibilidad es como un ancla. Es seguridad. Y el enriquecimiento mental tampoco significa someterlos a ejercicios agotadores. Significa juegos de olfato tranquilos, repasar una orden conocida con premio pequeño, un rato de contacto y calma. El cerebro, incluso envejecido, sigue respondiendo. Sigue ahí. Leo, el perro de la historia, se aísla, se queda solo, toma el sol y descansa tranquilo, pero cuando ya tiene rato, sus tutores lo llaman y de no responder, lo invitan a jugar o a comer algo, para que se active y comparta un rato con la familia y dentro de casa. Porque su papá humano cuenta, que muchas veces, no sabe regresar del patio a la puerta. El veterinario me dijo algo que no olvidé: «Leo no se está portando mal. Su cerebro está cambiando. Trátalo como lo que es... un paciente.» Eso me pareció muy honesto. Y muy útil. Seguir rutinas, colocar muebles o plantas estrategicamente para que encuentre una ruta de regreso a la puerta, a su plato con agua (que hemos puesto en varios lugares como cocina, patio y sala). Los detalles que marcan la diferencia. Porque a veces, cuando nuestro perro o nuestro gato se hace mayor, empieza a comportarse «raro», uno se frustra o se entristece sin entender bien por qué. Podríamos asumir y entender que es un proceso inevitable, pero sigue siendo un miembro de la familia y como dice Lilo de la película Lilo y Sttch: «La familia nunca se abandona, ni se olvida». Leo descansa y muchas veces solo duerme, pero verlo mover la cola cuando me mira, me devuelve la alegría Consultar a tiempo marca diferencia. Llevar un registro de los cambios, anotar fechas, describir bien lo que pasa... eso le da al veterinario herramientas reales para ayudar. Observa a tu perro, te escucha, está más lento, menos activo, come igual, cuáles son esos cambios significativos y anotarlos. Leo sigue aquí. Sigue comiendo con ganas, sigue moviendo la cola cuando llego a casa. Avanza más despacio, sí. Pero está acompañado, atendido, y eso se nota. Envejecer es un privilegio que no todos alcanzan. Y si tu compañero de cuatro patas llegó hasta ahí... merece que lo acompañes con la misma lealtad con la que él te acompañó a ti, todos estos años.

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