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Sentir al pensar: una filosofía en estado poético

2026-03-20 - 12:44

Hay una escena bastante frecuente —y, respecto a lo que aquí nos ocupa, tan digna como necesaria— que sucede cuando alguien lee un poema, ya sea breve o extenso, y luego levanta la vista, se pausa frente al trasiego del mundo y, finalmente, afirma para sí mismo (con una rara mezcla de pudor y frustración) que no ha entendido lo que el texto dice. ¿Es ese, sin embargo, un verdadero problema? Porque la no comprensión genera, mágicamente, una inercia lectora que aún persiste, una suerte de légamo inquietante, un residuo que no se deja evacuar del todo. Es como si el texto hubiera activado un proceso neuronal que no alcanza a clausurarse en la forma fija de un significado. El lector alberga la ambigua impresión de saber que, efectivamente, el poema le ha hecho pensar. No obstante, ese mismo lector no puede dar cuenta de qué exactamente ha brotado en su pensamiento, qué relativización asociada a los márgenes de la página leída propicia que, en ese justo instante, el universo entero se concentre en un amasijo de palabras. Me parece que estamos habituados a otorgar al no entendimiento más la impronta de un déficit que la de un hallazgo primoroso. Pero tal vez, respecto a la filosofía académica, la poesía no encuentre su finalidad en transmitir contenidos, sino en hacerle sitio a una forma intuitiva de pensamiento que se resiste a la reducción de conceptos estabilizados. No se trataría, por tanto, de un artefacto estético destinado en exclusiva al placer (aunque también pueda conceptualizarse así, por supuesto), sino de un surtidor de imágenes que, al activarse, atraviesa y expande, para bien o para mal, el decorado vital y la conciencia literaria del lector. Estamos tradicionalmente acostumbrados a operar con un deslinde más o menos tácito y reduccionista, y sobre todo debido al influjo de escuelas didácticas que distribuyen el conocimiento en bloques inmóviles. Así, en general, se da por sentado que la filosofía piensa y la poesía siente. No obstante, creo que este reparto derivado de lo popular y lo oculto resulta cuando menos insuficiente. Porque si realmente nos atenemos no ya a los géneros en cuanto tales, como categorías y morfologías históricas, sino a los procesos que los construyen, advertimos que la poesía también piensa, aunque lo haga en otro régimen, en otro registro, en otro fondo de referencias y testimonios y ángeles caídos. Y no mediante definiciones doctrinales, sino mediante lo que podría denominarse, provisionalmente, un “sentir al pensar”. Ahora bien, esta caracterización solo cobra plena significación si nos referimos a marcos muy concretos de lenguaje y de experiencia, así como a considerar el poema como una forma especial del saber que obedece a leyes más heurísticas que científicas. Esta premisa anterior propicia, de hecho, el carácter plural del género poético. Así pues, cuando hablamos de poesía a grandes rasgos, como si se tratara de una esencia sacrosanta y permanente, incurrimos en el error de un método metafísico, ya que mezclamos —bajo la apariencia del rigor de la unidad— pluralidad de prácticas, herencia de tradiciones y usos estilísticos heterogéneos. Es evidente que la compleja sencillez de los versos de Antonio Machado no es equiparable a la condensación casi huracanada de Emily Dickinson. Y por este motivo, los dispositivos de pensamiento que encauza el género poético pueden ser leídos desde la intuición, sin temor a la desviación original del sentido, pues en poesía nada es unánime (salvo algún que otro premio o chiringuito literario). Tomemos, por vía de ejemplo, el celebérrimo verso machadiano, que no por tópico causa menos impacto: “Caminante, no hay camino, / se hace camino al andar”. Desde un prisma filosófico, cabría reconstruir aquí una concepción del viaje como memoria, o una tesis sobre la contingencia de la existencia, sobre la errancia constitutiva del sujeto, o, por qué no, sobre la imposibilidad de no ser espectadores de nosotros mismos, en una inercia fragmentaria asumida por mímesis de la naturaleza y sus zonas intermedias, sus itinerarios que van de la duda a la certeza, o de quedar exhausto al remanso de la sombra de los árboles. Y esta reconstrucción interpretativa, hoy tan legítima como inevitable, no agota el fenómeno del conocimiento que vincula el poema ni esa relación existente entre inteligencia y verbo, que acaba por conformar el lugar idóneo del progreso humano. Entonces, puede colegirse que el verso machadiano no define, sino que opera con precisión quirúrgica. Y no expone doctrinas. Antes, al contrario, concede vida a una llamarada interior y pone en marcha un circuito emocional que irrita y sana el corazón, como si se tratase de un fuego poético que, a fuerza de crepitar bajo la luna de cada noche insomne, termina por dulcificar o intensificar nuestra singular percepción del tiempo. Algo similar podría mencionarse de Dickinson, cuyos poemas y reflexiones funcionan como pequeñas cámaras de presión donde términos reiterados como “muerte” y “amor” o la profusión de fórmulas exclamativas conforman una música universal que se ve sometida a una fuga incesante de desplazamientos semánticos. No hay en Machado ni en Dickinson, obviamente, un sistema ni un pronóstico claro. Existe, más bien, una vitalidad conceptual que se identifica con un gusto refinado por la fijación de apotegmas, de versos lapidarios con que trazar fértiles ensanches entre literatura y pensamiento. Es decir, que la poesía tiende a propagarse anímicamente como el olor a intemperie en una cita, como ese aire distintivo que se percibe al atravesar ciertos paisajes, cementerios incluidos, donde lo relevante no es tanto lo que se dice, sino lo que se respira. Creo que, llegados a este punto, resulta pertinente plantear una distinción metodológica, pues no quiero afirmar que la poesía tenga el poder de sustituir a la filosofía, pero tampoco quiero reducir la poesía a una especie de filosofía menor, popularizada, tangencialmente contagiada por el ponderado talante de espíritus pensativos. Mi interés se orienta a reconocer que ambas disciplinas participan, aunque con códigos muy distintos, de un mismo dilema: cómo pensar aquello que se resiste a ser específicamente delimitado. Esta ardua tarea la filosofía la soluciona mediante conceptos; la poesía, mediante la acuñación de imágenes, metros variados y la riqueza de tropos. Es parecido a cuando cambiamos un billete por monedas, ya que lo que en un supuesto aparece fuertemente concentrado (plano filosófico), en el otro se dispersa (plano poético), de modo que hay variaciones en cuanto a ganar en textura y a perder en estabilidad, o en cuanto a neutralizar o adoptar correlaciones de influencia. Sea como sea, la estrecha relación entre filosofía y poesía proporciona a la lectura un estimulante desafío a la hora de mantener muy despiertas la razón y la emoción. De ahí que el acto de leer poemas implique cierta renuncia voluntaria al control de los acontecimientos. Es un dejarse ir a la deriva, porque el lector no avanza linealmente hacia una conclusión, sino que se ve arrastrado por una dinámica mucho más errática, mucho más próxima a la súbita anagnórisis que a un aparato escolástico de silogismos o a un cierre categorial de ideas. Bajo el auspicio de una forma o palabra que no garantiza su sentido, el poema ofrece un pensamiento nunca inmediato, dominado por la fluencia de claridades que potencian, poco a poco, la luz mental del individuo. Así las cosas, y asumiendo que vivimos en un presente dominado por la premura, propongo que la poesía sea ese espacio donde pensar y sentir no se opongan. Ese fruto de la invención capaz de alimentar, una y otra vez, la misma pregunta sin agotarla nunca.

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