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Tráfico de influencias

2026-02-24 - 12:47

El tráfico de influencias es un delito de viejos tiempos y de casos extraños y curiosos suscitados en el pasado, algunos de ellos comentados por juristas famosos, como Francesco Carrara. Hoy en día es un delito a vasto campo porque a muchos les gusta tener influencias y usarlas en beneficio propio en cualquiera de sus modalidades. Una de ellas se comete cuando el funcionario público, en forma indebida y con aprovechamiento de sus funciones, obtiene el beneficio económico; también lo comete el particular que en beneficio propio haga uso indebido de la influencia que pudiera tener sobre algún funcionario para que este ordene o ejecute un acto de sus funciones, lo omita, lo retarde o realice uno contrario a su deber funcional. Hay otro supuesto de tráfico de influencias que se refiere a la persona que alardea de valimiento o de relaciones de importancia con funcionario de alto nivel. Se trata de los “vendedores de humo” de los que habla Francesco Carrara, los mismos que abusando de la familiaridad que tienen o simulan tener con algún funcionario público van dispensando protección y promesas de obtener gracias y favores de ese funcionario, jactándose ante los crédulos, a quienes venden una influencia que verdaderamente no tienen y reciben dinero. Es lo que se denomina en Italia “delito de simulación de influencias” o “venta de humo”. Cuenta Carrara lo que le sucedió a un vendedor de humo en un caso donde el emperador Alejandro Severo, por esa falsedad de la influencia, castigó a Vetronio Turini (año 228 después de Cristo). Se dice que Vetronio Turini andaba jactándose de poder obtener lo que quería de este emperador, quien al conocer los hechos instruyó a una persona para que se presentase ante Vetronio fingiendo requerir su mediación para conseguir una gracia del emperador, a la cual se comprometió jactancioso el tal Vetronio a cambio de una ganancia, pero nunca dijo una sola palabra al emperador. Vetronio fue atado a un poste en la plaza pública, con paja húmeda y leña verde en derredor y ser sofocado en humo, mientras el pregonero gritaba: “Sea castigado con humo el que vendía humo”. A los vendedores de humo también los llamaban asiduos y sicofantes; asiduos eran los que andaban ostentando familiaridad con el príncipe, en tanto sicofantes eran los que prometían obtener gracia o favores con influencia simulada. Aún, en estos tiempos, por ahí andan los vendedores de humo.

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