Un terror sigiloso
2026-03-06 - 19:28
En «El buen mal», Samanta Schweblin ha elegido un particular uso del miedo para mantener a su lector atrapado desde la primera hasta la última línea; algo que se produce no solo gracias a los recursos tradicionales de la literatura del terror, sino a una arquitectura del lenguaje que prioriza lo que se calla sobre lo que se dice. Cuando hablamos de terror en la ficción, se suele pensar en monstruos, seres de ultratumba y hechos fantásticos y extraordinarios, para los cuales no se tiene una explicación plausible. Schweblin ha elegido, en cambio, un terror que penetra los más conocidos resquicios de la cotidianidad; un terror que fisura lo real sin catástrofes ni aspavientos y que se mueve, por el contrario, casi como un huésped bienvenido. En consecuencia, uno de los méritos más notables de este libro es convertir lo que al principio parece sacado de una familiaridad intrascendente en un abordaje riguroso de temas que atañen a lo esencial de la vida y la muerte. El suicidio, la tragedia y el arte son tratados de un modo que al principio puede parecer apenas tangencial, para terminar convirtiéndose en el gran tema del relato, a medida que su tratamiento gana en profundidad y trascendencia hasta tocar fibras filosóficas. No hay en Schweblin una voluntad de explicar el origen del mal, sino más bien de observar su comportamiento químico dentro de las relaciones humanas. Lea también sobre el mismo libro la crítica literaria La tierna expiación hacia los premios de Raúl Cazal La literatura argentina ha profundizado en este tipo de ambiente sobrecogedor en el que personajes y lectores comparten a un tiempo la ansiedad de la amenaza y la duda acerca de si esa amenaza en realidad existe. Esta incertidumbre es el motor principal de tal narrativa; el horror no es un evento final, sino un estado de sospecha permanente que no encuentra alivio en la resolución de la trama. En A cuatro manos hemos abordado textos de otros autores argentinos en quienes la técnica, aun buscando diversos cauces, guarda una notable similitud. Es el caso, por ejemplo, de Mariana Enriquez y Selva Almada. Sin embargo, lo que distingue a Samanta Schweblin de otros autores es su capacidad de naturalizar el terror. Se acostumbra decir que partiendo de situaciones y elementos de la vida diaria el terror apunta a dotarlos de un carácter siniestro; en el caso de Schweblin sorprende cómo incluso el motivo más evidente de conmoción parece ser reconocido y aceptado con una naturalidad que asusta. Un buen ejemplo puede encontrarse en el cuento “El Superior hace una visita” donde, a pesar de una anécdota en la que está presente la posibilidad de la violación y el asesinato, el lenguaje se mantiene en un tono neutro en el que nada resalta el carácter extraordinario de los sucesos. Por su parte, la narradora, que es también la víctima, mantiene un discordante frialdad ratificada con creces por el final de la historia. En este sentido, no es casual, que en varias de las situaciones de extrema tensión psicológica, como se acostumbra en estos cuentos de Schweblin, los principales actores y narradores sean niños o adultos que rememoran la niñez. Se reenfocan de ese modo los puntos de interés o la forma en que se abordan temas que pueden llegar a lo trágico, lejanos todos de la idea que se suele tener acerca de la niñez como un territorio de absoluta inocencia o ignorancia. Schweblin tiene el talento y la originalidad de incluir la recurrente tendencia de la narrativa contemporánea al metarrelato, es decir, la reflexión acerca de la esencia de la literatura, como un elemento más de la intriga, con lo que evita sonar teórica o fuera de contexto. Sucede de manera particular en el cuento «La mujer de Atlántida”: “La perspectiva de abrir el cuaderno y encontrar al fin un poema me emocionaba. Me preguntaba cuál sería el tema elegido y cómo es que surgiría. ¿Era algo que tenía que ocurrírsele a ella, o era algo que ella tenía que encontrar en algún lado? Y si lo encontraba, ¿cómo sabía que eso era lo que estaba buscando?” «El buen mal», y en general toda la obra de Samanta Schweblin, confirma que el terror no requiere monstruos, sino que bien puede instalarse en lo doméstico, en la mirada de niños que aceptan lo extraño sin asombro. Se trata de una naturalidad que, del otro lado de la página, produce una incomodidad persistente en el lector enfrentado a unos cuentos que no explican ni juzgan, solo muestran.