Zitarrosa siempre
2026-03-24 - 13:05
Hoy quiero recordar a mi buen amigo, a un poeta noble y sencillo: Alfredo Zitarrosa, el más grande cantautor del Uruguay, el de la permanencia en los cantos con su voz sonora y profunda, de añoranzas y ese glisando que finaliza largamente en total agonía, o “un agónico estiramiento de la sílaba”, como diría Ibargoyen Islas. Alfredo Zitarrosa nació en Montevideo, Uruguay, hace noventa años. La fecha es 10 de marzo de 1936. Por supuesto, estos días nos acercan al recordatorio de toda la esencia humana de un ser como Zitarrosa en el ámbito latinoamericano y su amor al pueblo, que se revela en fuerza moral que trasciende hasta hacerse principio indeclinable del hombre en el orden político social; sus canciones, con ese encanto maravilloso en las cuerdas de cuatro guitarras dan cuenta de una honda meditación para recoger las esperanzas y los sueños de la gente, sus alegrías y los sufrimientos. Repito, estos son días que nos acercan a los recuerdos y tener la certeza de que ellos están allí en nosotros mismos. Con una de sus cartas, fechada el 27 de octubre de 1975, Alfredo me obsequió dos libros, la novela Pepe Corvina de su gran amigo Enrique Estrázulas; en el otro libro, El profeta del poeta libanés Khalil Gibran, me subrayó un verso de la partida: “Si, en el crepúsculo del recuerdo, nos encontráramos una vez más, hablaremos juntos de nuevo y me cantaréis una canción más profunda”. La obra de Zitarrosa está llena del dolor de la gente pobre, de las carencias que brotan de la exclusión y desigualdad sociales. Por ello importa su legado expresado en la profundidad de sus cantos, como en Adagio en mi país, Doña Soledad o en una estremecedora Guitarra negra. Igual en el amor como en Zamba por vos, Recordántote, Dile a la vida o en Si te vas. Su exilio fue conmovedor. Enrique Estrázulas, poeta, novelista y dramaturgo, le escribe: “... Pero tu voz ahí, girante sombra humana, espectro del amigo que ha partido, y está tu voz; yo te decía y otra vez todavía anda entre mis costillas, camina con mis pies, se parece a mi calle mordida por la edad en que los troncos piensan en el viento. No te extrañes de nada, Alfredo Zitarrosa, mi memoria es un ánfora como una catedral: sé que tu corazón no cabe en los parlantes, en los países sordos de alta fidelidad no cabe tu piedad por una araña ni tu clemencia por los que te matan.” Partió en enero de 1989, pero Zitarrosa siempre.